Material para los alumnos de 1º Año de Bachillerato Diversificado del Plan 1994, Modalidad Semestral.Página personal de Julio Mazzilli, profesor de la Asignatura Historia; correspondiente al primer año del Bachillerato Diversificado del Instituto "Dámaso Antonio Larrañaga" - Nocturno

domingo, 11 de octubre de 2009

Clase del 22 de octubre

Consecuencias sociales y económicas de la crisis del petróleo


La posibilidad de que los países árabes utilizaran el petróleo como arma de guerra en su conflicto con Israel la había planteado ya Kuwait en enero de 1973. Ese mismo año, Arabia Saudí había advertido a Estados Unidos sobre tal eventualidad. Todo ello se producía en una fase de claro recalentamiento de las economías occidentales, que estaban viviendo el fin de una larga etapa expansivo y el comienzo de un cambio de ciclo que había empezado a manifestarse en la caída de los beneficios empresariales y en las turbulencias monetarias desatadas en 1971 con el fin de la convertibilidad del dólar en oro y la devaluación de la divisa norteamericana. La política adoptada a finales de 1973 por los países exportadores de petróleo (OPEP) fue el detonante final de la crisis de todo un modelo de desarrollo aplicado en las últimas décadas por las economías industrializadas.

El aumento de los precios del petróleo, consecuencia del acuerdo de los países exportadores para recortar su producción, se produjo de forma escalonada en los últimos meses de 1973. Aunque la iniciativa la llevaban los países árabes, por los motivos políticos ya señalados, pero también por razones económicas, otros miembros de la OPEP se sumaron con entusiasmo a una estrategia que revalorizaba de forma espectacular el status internacional de muchos países del Tercer Mundo, que se vieron en disposición de sacar el máximo partido a sus recursos naturales. Venezuela, por ejemplo, decidió aumentar en un 56% sus precios y reducir su producción sólo en un 5%. Algunos historiadores han llegado a calificar este fenómeno como una "segunda descolonización", es decir, como el momento en que las antiguas colonias, tras su emancipación política, se convertían finalmente en dueñas de sus propios recursos.

El 4 de noviembre de 1973, la OPEP acordaba una nueva subida del barril de petróleo de 4,8-a 8,9 dólares -el precio anterior a la crisis estaba en torno a los tres dólares- y una reducción de la producción en un 25%. Mientras tanto, los países europeos y Japón, que, a diferencia de Estados Unidos, carecían en su mayoría de recursos petrolíferos, empezaron a trasladar a sus economías las consecuencias del alza del petróleo. El aumento imparable del precio de la gasolina abriría los ojos de los consumidores ante el fin de una era de abundancia y bienestar, cuyo máximo exponente había sido precisamente el automóvil. Esta última circunstancia había generado en las sociedades desarrolladas una gran dependencia del petróleo, y, por tanto, hacía del precio final de sus derivados, fijado por los gobiernos y sujeto a una fuerte fiscalidad, una cuestión políticamente muy delicada. La resistencia de las autoridades occidentales, temerosas de la impopularidad de tal medida, a repercutir las alzas sobre los consumidores tuvo mucho que ver con los efectos multiplicadores de la crisis en el conjunto del sistema económico.

La adopción de las primeras medidas de austeridad, tras una nueva alza de los precios en vísperas de las Navidades de 1973, alimentó el síndrome de la escasez que empezaba a extenderse entre la opinión pública occidental, pero preparó también el cambio de mentalidad necesario para afrontar una crisis económica que no había hecho más que empezar. Durante años, el problema del petróleo siguió gravitando muy negativamente sobre las economías occidentales, habituadas hasta entonces a disponer de energía barata: entre el principio y el final de la crisis energética (1973-1980), el precio del barril pasó aproximadamente de 3 a 41 dólares -o de 3,73 a 33,5 si se tiene en cuenta la depreciación del dólar-. La segunda crisis del petróleo, iniciada en 1979, tuvo un carácter muy aparatoso, pero fue mucho menos duradera que la primera y dio lugar muy pronto al cambio de tendencia, con precios a la baja, que presidirá la década de los ochenta. En su origen no había estado, como en 1973, una decisión política concertada por los países de la OPEP, sino el pánico de los países importadores ante un eventual desabastecimiento del mercado. Como contrapartida al aumento del precio del crudo, las políticas de austeridad y la explotación de energías alternativas provocaron entre 1973 y 1985 un descenso del 40% del consumo de petróleo en Europa occidental, consciente de los riesgos de todo tipo que acarreaba su dependencia del oro negro. No es extraño que la opinión pública viera con creciente simpatía el desarrollo de la energía nuclear, que muchos contemplaban como una solución definitiva, al mismo tiempo limpia y segura, al problema de la energía. Si en 1977, el 37% de los franceses se declaraba partidario de la energía nuclear, sólo dos años después la cifra alcanzaba el 54%. El desarrollo del ecologismo y el desastre de la central rusa de Chernobil no tardarían en invertir esta tendencia.

El cambio de ciclo iniciado en 1973 se tradujo muy pronto en inflación, déficit público, crisis industrial y desempleo. La traslación de este escenario a la vida cotidiana de las sociedades occidentales tuvo como consecuencia el redescubrimiento de la escasez, después de varias décadas de una abundancia que parecía no tener fin. Escasez y carestía del petróleo y escasez y degradación del trabajo. Además, la inflación trajo consigo un descenso de la capacidad adquisitiva de aquellos trabajadores que conservaban su empleo. En 1974, la inflación media en los países desarrollados se situó en torno al 13,5%, frente al 6% o el 7% de los años anteriores. En Japón, sin embargo, donde, al contrario que en la mayoría de los países desarrollados, se repercutió sobre los consumidores la totalidad de la factura energética, la inflación llegó al 24%, la misma tasa que Gran Bretaña un año después. En 1974, el PNB japonés tuvo una caída del 3,5%, frente al 10,2% de crecimiento en 1973. Se perfilaba así un escenario poco común que combinaba estancamiento económico con alta inflación, considerada por lo general un efecto secundario de la hiperactividad económica, lo que, evidentemente, no era el caso. El término estanflación, tomado del inglés (stagflation), sirvió para definir esa insólita concurrencia de precios altos y contracción de la demanda, fruto de la baja actividad económica.

La crisis golpeó a las economías domésticas a través de la inflación y el paro, pero sobre todo supuso el hundimiento de unas estructuras industriales definitivamente agotadas. En realidad, más que una recesión a la antigua usanza, como la vivida tras el crash de 1929, lo que se produjo fue un cambio de modelo en el marco de la economía capitalista, que salió de esta fase de ajuste profundamente transformada: del anterior paradigma de desarrollo, en el que resultaban determinantes la abundancia y bajo coste de la energía, se pasó al nuevo paradigma tecnológico del llamado capitalismo informacional, basado en la abundancia y bajo coste de la información. La incorporación al aparato productivo de las nuevas tecnologías de la información, en plena expansión desde la década anterior, dio un poderoso impulso a las actividades económicas más ligadas al sector, como la electrónica y las telecomunicaciones, y provocó una radical reestructuración del mercado laboral y de la división internacional del trabajo.

Pero esta mutación desencadenada tras la crisis de 1973, de la que el sistema saldría notablemente modernizado y reforzado, iba a tener un alto coste social. Sectores como la minería, la siderurgia y la industria de transformación, con una fuerte presencia en el tejido industrial de los países desarrollados, sintieron con especial dureza los efectos de una crisis que los había dejado obsoletos, tanto por la pérdida de valor y competitividad de algunos productos -el carbón, el hierro y el textil, por ejemplo-, como por el desplazamiento de la producción a países con menor tradición industrial y mano de obra más barata, como los nuevos tigres asiáticos, con Taiwán y Corea del Sur a la cabeza, con semanas laborales que oscilaban entre las 46 y las 53 horas. El resultado fue una caída del empleo industrial en los países desarrollados que la bonanza económica de los ochenta ya no pudo compensar, porque era consecuencia de un cambio estructural e irreversible. Así lo indica la comparación entre el empleo generado por el sector industrial y por el sector servicios en los países occidentales entre 1970 y 1990, con una caída del primero de unos diez puntos porcentuales en la mayoría de ellos, acompañada de un aumento equivalente del sector servicios.

Las regiones más representativas de la industria clásica, de origen decimonónico, como las Midlands, en Inglaterra, el Sur de Escocia, la Walonia belga, el Noreste de Francia o Asturias y la ría del Nervión en España, sufrieron en todo su rigor los efectos sociales de la desindustrialización, apenas paliados por las políticas de protección social emprendidas por los poderes públicos en el marco del Estado de bienestar. En ellas radica, sin duda, la causa de que la crisis industrial no provocara un grave estallido social o político. Por otra parte, sólo la fuerza mostrada por el movimiento sindical en Gran Bretaña, donde las Trade Unions llegaron a influir decisivamente, hasta 1979, en el devenir de la vida política y social, hacía pensar en la capacidad de reacción de la clase obrera ante la degradación del sistema. Por el contrario, en países como Estados Unidos, Francia, Italia y España, en el período comprendido entre 1973 y 1982 -1977 y 1982, en el caso español- se produjo una brusca caída de la afiliación sindical, síntoma de una desmovilización de la clase trabajadora que, al producirse en una etapa de graves dificultades económicas, resulta especialmente significativa. Con pocas salvedades, se puede decir, pues, que la crisis industrial de los setenta puso de manifiesto también la crisis histórica de la clase obrera como sujeto colectivo capaz de determinar el devenir histórico. La filmografía británica de los años ochenta y noventa, como algunas obras de Ken Loach o películas tan populares como Full Monty o Billy Elliot, es un fiel exponente de esa crisis irreversible de la Inglaterra industrial y de la desmoralización y el fatalismo que se apoderaron de la clase obrera más antigua del mundo.

Tal vez la mejor expresión de esa pérdida de influencia de las clases trabajadoras esté en su impotencia ante el deterioro de sus condiciones laborales y salariales, ajustadas poco a poco a un marco general en el que el factor trabajo había perdido claramente posiciones -y, por consiguiente, capacidad de negociación-, tanto por la existencia de altas tasas de paro como por la competencia de la mano de obra, mucho más barata y extremadamente desprotegida, de los nuevos centros industriales situados sobre todo en Extremo Oriente. Paradigma de las nuevas economías emergentes en los años setenta y ochenta será Corea del Sur, cuya economía puede tomarse como la quintaesencia del modelo industrial típico de la zona del Pacífico: alta alfabetización y cualificación de la mano de obra, trabajo intensivo, fuerte tasa de inversión y rígida disciplina social, apoyada en un autoritarismo político que no parece incompatible con el liberalismo a ultranza de su política económica. La eficacia de esta fórmula, común en líneas generales al área del Pacífico -Taiwán, Malaisia, Tailandia, Singapur, muy pronto la China comunista-, queda patente en el 15% de crecimiento industrial que registró en los difíciles años setenta, con una tasa de paro, impensable en Europa, en torno al 4%.

Si pasamos al otro lado del Pacífico, la evolución de la renta familiar norteamericana en las últimas décadas resulta reveladora de la sucesión de ciclos económicos, pero también de los cambios estructurales operados en estos años: del 2,6% de crecimiento anual registrado entre 1967 y 1973 -una media similar se da en los veinte años precedentes-, se pasó a un 0,6% entre 1973-1979, un 0,4% en la década siguiente y un descenso del 1,8% en el período de 1989-1993. Estos datos traducen, por una parte, lo que fue la Edad Dorada, en términos de bienestar social para amplias capas de la población que vieron aumentar su renta de forma sostenida durante casi tres décadas, pero muestra igualmente el cambio de tendencia que se produce en 1973 y, tal vez lo más importante, la caída de la renta media familiar en etapas de rápida recuperación económica. Otros datos permiten profundizar en esta última secuencia del ciclo: entre 1973 y 1993, el salario medio anual del trabajador norteamericano bajó de 34.048 dólares a 30.407, en un período en que el PIB per cápita ascendió en un 29% y en el que aumentaron asimismo los ingresos de las capas superiores de la población. Sólo los salarios de las mujeres pudieron sostener durante algún tiempo la renta familiar en una época dominada por las crecientes desigualdades y por la pérdida de capacidad adquisitiva. No es sólo, por tanto, que la expansión económica de los ochenta no acabara con esta situación, sino que, en gran parte, el relanzamiento de la economía se basó en un modelo construido sobre las desigualdades sociales y la depreciación del factor trabajo.

No hay comentarios: