Material para los alumnos de 1º Año de Bachillerato Diversificado del Plan 1994, Modalidad Semestral.Página personal de Julio Mazzilli, profesor de la Asignatura Historia; correspondiente al primer año del Bachillerato Diversificado del Instituto "Dámaso Antonio Larrañaga" - Nocturno

martes, 1 de septiembre de 2009

Clase del 17 de setiembre

Una nueva oleada descolonizadora: África ante su independencia

La descolonización de África no se produjo de forma generalizada hasta principios de los años sesenta, con más de una década de retraso respecto a Asia. Cuando en 1955 se celebró la Conferencia de Bandung, los únicos países africanos independientes eran Etiopía, Egipto, Liberia, Libia y la República Surafricana. Poco después conseguirían la independencia Marruecos (1956), Túnez (1956) y Ghana (1957). Al contrario que en Asia, donde la Segunda Guerra Mundial había tenido consecuencias irreversibles en las viejas estructuras coloniales, en el África negra el final de la Guerra Mundial trajo consigo lo que algunos historiadores han definido como una segunda colonización, realizada según una concepción más moderna y sutil de la dominación colonial: desarrollo de una agricultura intensiva por colonos blancos, inversión en infraestructuras y planificación social y demográfica a cargo de las elites coloniales.

Esta segunda colonización ensayada en los años cuarenta y cincuenta pretendía en parte compensar la pérdida de las colonias asiáticas dando un sesgo científico a la explotación de los recursos naturales del África negra. Pero la dinámica descolonizadora emprendida tras la Guerra Mundial, amparada por la doctrina de las Naciones Unidas y reforzada por la Conferencia de Bandung, no tardó en llegar al África subsahariana. En los años cuarenta y cincuenta, se habían desarrollado numerosos movimientos políticos y culturales de carácter autóctono, algunos con ramificaciones en las metrópolis, en los que germinaba una conciencia nacional y al mismo tiempo panafricana: el Frente Nacional Tunecino (1947), el Bloque Democrático Senegalés (1948), la Federación de Sindicatos Obreros de Sudán (1950), el Partido Democrático Guineano (1952), la Asociación Musulmana de Estudiantes Africanos (Senegal, 1954), la Conferencia de Escritores y Artistas Negros (París, 1956) o el Movimiento Socialista Africano, reunido en Dakar en 1957. De estos y otros movimientos surgieron las minorías nacionales que habrían de impulsar y dirigir la marcha de África hacia su emancipación. Paradigma de esta efervescencia político-cultural que precedió a la independencia es la figura de Léopold Sédar Senghor, poeta en lengua francesa, diputado socialista en la Asamblea Nacional francesa en 1946, presidente de Senegal entre 1960 y 1980 y miembro de la Academia francesa. Creador, con A. Césaire y L. Damas, del concepto de negritud, que definió como una "suma total de valores culturales del mundo negro-africano" integrada en el viejo ideal de la reconciliación universal de las razas, Senghor representa el ejemplo más logrado de fusión de las corrientes más universales y progresistas de la cultura occidental con la aspiración de los pueblos africanos a labrarse su propio destino.

Con excepción de la República Sudafricana, que accedió tempranamente a la independencia a través de lo que podría denominarse la vía criolla -hegemonía de una poderosa minoría blanca emancipada de la metrópoli-, la primera colonia del África negra en constituirse en Estado fue Ghana -antigua Costa de Oro, situada en África occidental, primer productor de cacao del mundo-, que obtuvo la independencia de Gran Bretaña en 1957. El carácter pacífico de su transición hacia la independencia, la puesta en marcha de un ambicioso plan de modernización, simbolizado en el proyecto de aprovechamiento hidroeléctrico del río Volta, y el carisma de su líder, Kwame Nkrumah, hicieron de Ghana un modelo de descolonización que, dentro y fuera de África, fue seguido con gran simpatía. Un caso parecido, en el África francófona, fue el de Guinea-Conakry y su líder Sékou Touré, presidente del país desde su independencia, en 1958, hasta 1984. Formado en Occidente, como Nkrumah y Senghor, Touré buscó en seguida, como otros dirigentes africanos, el apoyo económico y político de la Unión Soviética, que, tanto por razones geoestratégicas como por su sintonía ideológica con los nuevos líderes del continente, mostró el mayor interés en fomentar las relaciones con aquellos Estados. El ejemplo de Ghana y Guinea se extendió inmediatamente al resto del África subsahariana, de tal forma que sólo en 1960 surgieron en el subcontinente dieciséis nuevos Estados soberanos, la mayoría en el centro y Oeste de África. A esta ya amplia nómina se incorporaría en 1961 la República de Tanganika, rebautizada como Tanzania tras la incorporación a ella de la isla de Zanzíbar en 1964 y presidida desde su fundación hasta 1985 por Julius Nyerere.

Nyerere se convirtió muy pronto en uno de los símbolos de la nueva conciencia colectiva del África negra tras la descolonización. Promotor destacado de la Organización para la Unidad Africana (OUA), creada en 1963, fue el artífice de un modelo económico original, superador de las viejas estructuras tanto trábales como coloniales, que podría describirse como un socialismo de tipo ruralista y descentralizado, paradigma de lo que luego se conoció como socialismo africano. Sus principios teóricos quedaron definidos en la llamada declaración de Arusha, que fue presentada en 1967 en esta ciudad del Norte de Tanzania, y en la que se abogaba por la propiedad y explotación colectiva de la tierra. El núcleo vertebrador de este modelo de gestión era la ujamaa, una comunidad rural de tipo cooperativo que adoptaba las principales decisiones de carácter económico. Aunque el régimen político de Nyerere -régimen de partido único: el Tanganyka African National Union (TANU)- mantenía excelentes relaciones con el bloque soviético, el socialismo tanzano tenía poco que ver tanto con la concepción estatalista e industrialista al uso en los países del socialismo real, como con el socialismo islámico imperante en algunos países árabes. Sus problemas de funcionamiento, derivados de la resistencia de la población rural a abandonar el nomadismo y las pequeñas explotaciones agrarias para integrarse en las ujamaas, lastraron durante mucho tiempo el desarrollo de la economía nacional y acabaron persuadiendo a las autoridades tanzanas de la necesidad de una revisión a fondo del sistema, que en los años ochenta se fue flexibilizando y abriendo progresivamente a la inversión extranjera.

Algunos de estos nuevos países sufrieron muy pronto los riesgos de la balcanización del continente, advertidos ya por Senghor en sus críticas a la política colonial francesa. Había además contradicciones flagrantes entre la realidad social, económica y cultural heredada de la colonización -empezando por una arbitraria delimitación de sus fronteras, que imponía una convivencia forzada entre etnias y tribus rivales- y los modelos de modernización adoptados por los líderes de la independencia, la mayoría de los cuales, educados en países europeos, vivía su relación con la cultura occidental con una mezcla de atracción y rechazo. Para estas nuevas elites autóctonas, Occidente representaba la vieja dominación colonial, pero también un modelo de progreso y desarrollo -para la mayoría, el único posible- que pasaba ineludiblemente por la construcción de un Estado-nación. Las frecuentes crisis internas que, en forma de golpes de Estado, guerras civiles o guerra de guerrillas, padecieron muchos de estos países frustraron un proyecto de modernización que requería tiempo, estabilidad y cooperación exterior. La descapitalización llevada a cabo por las antiguas metrópolis -como Francia en Guinea-Conakry-, los intereses estratégicos de las grandes potencias en el contexto de la Guerra Fría y la lucha por el poder desatada entre facciones rivales, trasposición en la mayoría de los casos de viejas rivalidades étnicas, generaron un círculo vicioso de corrupción, inestabilidad, miseria y dictadura militar muy difícil de romper. En este sentido, si Kwame Nkrumah se erigió, desde su acceso pacífico a la presidencia de Ghana, en ejemplo a seguir por muchos dirigentes del África negra, su destitución en 1966 por un golpe de Estado militar, mientras se encontraba de visita oficial en Vietnam del Norte, marcó una pauta que sería habitual en la política interior de muchos Estados africanos a lo largo de los años siguientes.

Los casos más traumáticos en la descolonización africana fueron Argelia y el Congo belga. La independencia de Argelia en 1962 estuvo precedida de ocho años de guerra civil en la que el ejército colonial francés, con el apoyo de la numerosa población blanca residente en la zona -los célebres pieds noirs-, sostuvo una lucha sin cuartel contra el Ejército de Liberación Nacional argelino, brazo armado del Frente de Liberación Nacional (FLN). La tenaz resistencia del FLN y las atrocidades cometidas en el curso de la guerra dividieron a la opinión pública francesa y provocaron una grave crisis política en la metrópoli, que se saldó con el fin de la IV República y el regreso al poder del general De Gaulle (1958). Más de doscientos mil musulmanes y 30.000 franceses perdieron la vida en acciones militares o represivas, aunque algunas fuentes elevan la cifra total de víctimas hasta el medio millón. En cuestión de unos meses, De Gaulle, convertido en presidente de la V República, pasó de defender ardorosamente una Argelia francesa a sopesar otras posibilidades, como la autodeterminación de la colonia. Este cambio de actitud provocó un intento de sublevación del alto mando militar francés en Argelia y la creación por algunos militares disconformes del grupo terrorista Organisation de l'Armée Secrète (OAS), que cometió numerosos atentados terroristas antes de su desarticulación. Tras la firma de los acuerdos de Évian entre el gobierno francés y el FLN, en julio de 1962 la antigua colonia obtenía la independencia mediante un referéndum popular. Mientras un millón de franceses, judíos y harkis -musulmanes al servicio de la administración colonial- abandonaban el país, pese a las garantías ofrecidas por los acuerdos de Évian, en Argelia se ponía en marcha un proceso constituyente que se vio enturbiado por la división interna del FLN, columna vertebral del nuevo régimen. Tres años después, en junio de 1965, un golpe de Estado derrocaba al presidente Ben Bella, líder de la izquierda del FLN, e instauraba una República presidencialista con el antiguo ministro de Defensa, Huari Bumedian, como presidente del Consejo de la Revolución.

En el Congo belga, el proceso que llevó a la independencia fue mucho más rápido que en Argelia, aunque igual de turbulento. Esta extensa región del África central era la más rica en recursos naturales del continente -sobre todo, en minerales- y estuvo sometida a una intensa explotación por parte de grandes compañías occidentales. A cambio, la administración belga y el capital privado construyeron una amplia red de infraestructuras, que incluía transportes, comunicaciones, escuelas y hospitales. Algunos datos anteriores a la descolonización colocaban al Congo belga en niveles de desarrollo muy por encima de la media del continente: 560 camas hospitalarias por 100.000 habitantes; 42% de población alfabetizada. En contraste con estas cifras, ni un solo ingeniero, médico o alto funcionario era congoleño. A diferencia de otros países africanos, la alternativa al sistema colonial, articulado en torno a una emergente elite autóctono, estaba muy poco desarrollada.

En plena expansión económica de la colonia, cuyo índice de producción industrial aumentó de 118 a 350 en diez años (1948-1958), un alto funcionario belga, el profesor Van Bilsen, presentó en 1955 un plan para la emancipación política del territorio en el plazo de treinta años. El despertar de una conciencia nacional en ciertos sectores de la población, patente en la creación del Movimiento Nacional Congoleño de Patrice Lumumba (1957), la puesta en marcha del plan Van Bilsen y, muy pronto, el ejemplo de la independencia de Ghana y Guinea-Conakry aceleraron los acontecimientos de tal forma que la política reformista del gobierno belga se vio inmediatamente desbordada. En enero de 1959 estallaban los primeros incidentes en la capital, Leopoldville. Del proyecto de una autodeterminación a largo plazo se pasó a la improvisación y al caos. A principios de 1960, en plena oleada descolonizadora, el gobierno belga optaba por conceder la independencia a la antigua colonia, con fecha de junio de ese año. Múltiples factores, sin embargo, concurrían para que con la independencia la situación se agravara hasta extremos inconcebibles. De un lado, la dificultad de establecer un Estado unitario, según el modelo occidental, en la región de África en la que se daba la mayor disparidad de etnias y pueblos, en general, hostiles entre ellos. De otro lado, los intereses de las compañías mineras occidentales, que pretendieron consolidar su posición de dominio azuzando la secesión de una parte del territorio -el autoproclamado Estado de Katanga, el más rico de la zona- y reclutando mercenarios blancos para luchar contra el nuevo gobierno central con sede en Leopoldville. Por último, los dos bloques contendientes en la Guerra Fría tuvieron un papel activo en favor de aquella facción supuestamente más afín: mientras el gobierno congoleño, presidido por Patrice Lumumba, contaría con el apoyo de la URSS y de Cuba, Bélgica y Estados Unidos -estos últimos, obsesionados con el riesgo de una nueva Cuba en el corazón de África- jugaron la carta de la secesión katangueña, encarnada en Moisé Tshombé. El propio director de la CIA, Allen Dulles, en un telegrama al responsable de la agencia en el Congo, calificó la eliminación de Lumumba como un "objetivo urgente y primordial".

El resultado de todo ello fue una encarnizada guerra civil con una amplísima repercusión internacional. La detención y el posterior asesinato de Lumumba, por los hombres de Tshombé (enero de 1961), además de consagrarle como símbolo del panafricanismo y del movimiento de países no alineados, acabó por decantar a la ONU en favor de una intervención, que se tradujo en el envío de una fuerza pacificadora formada por 18.000 cascos azules. El plan de reconstrucción diseñado por el secretario general de la ONU, el birmano U Thant, supuso el fin de la secesión de Katanga (1963), la retirada de los cascos azules (1964) y una precaria pacificación de la zona. En 1965, un golpe militar llevó al poder al coronel Mobutu, que estableció un régimen pro occidental, de tipo autocrático, y que en 1971 le dio al país el nombre de Zaire.

El destino de África en los años siguientes queda expresivamente reflejado en algunos datos. Entre el comienzo de la descolonización y el año 1968 se contabilizaron sesenta y cuatro golpes de Estado. En 1975, veinte de los cuarenta y un Estados soberanos eran gobernados por regímenes militares. Las guerras civiles o entre naciones adquirieron igualmente, como los golpes de Estado o las hambrunas, un carácter endémico. Entre las grandes catástrofes que ensombrecieron la independencia africana sobresale la guerra que entre 1967 y 1970 mantuvieron Nigeria y la República secesionista de Biafra -un conflicto parecido al que vivió el ex Congo belga-, saldada con un millón de muertos. Cuando se aducen estos hechos para cuestionar, desde una óptica occidental, la viabilidad de la descolonización o su carácter prematuro, a menudo se olvida la responsabilidad de las antiguas metrópolis y de las grandes potencias en la inestabilidad y el empobrecimiento de aquellos países.

Clase del 15 de setiembre

La permanencia del conflicto: América Latina y Vietnam

La distensión supuso, pues, la reconducción del antagonismo Este/Oeste hacia el terreno de la negociación, con la búsqueda de un statu quo asumible por ambos lados, y una cierta multipolaridad mundial, con China y Francia como elementos heterodoxos. Pero la disminución del riesgo de un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y la Unión Soviética no eliminaba el estado de tensión propio de la Guerra Fría, localizado en zonas tradicionalmente inestables, como Oriente Próximo, o en países que uno y otro bloque consideraban como sus propias avanzadillas frente al adversario. Las continuas ingerencias norteamericanas en América Latina a lo largo de los años sesenta y setenta, con presidentes demócratas como Kennedy y Johnson o republicanos como Nixon y Ford, demostraban, por una parte, el alto grado de continuidad de la política exterior norteamericana con administraciones de uno u otro signo y, por otra, los estrechos límites de la distensión. El estrepitoso fracaso en 1961 del desembarco en Bahía Cochinos (Cuba), preparado por la CIA, no impidió que Estados Unidos impulsara en los años siguientes operaciones de parecido cariz, como el desembarco de 20.000 marines en la República Dominicana (1965) para instalar en la isla un gobierno conservador, o la participación de la CIA en la persecución y muerte del guerrillero comunista Ernesto Che Guevara (Bolivia, 1967). La política norteamericana en América Latina tuvo también una vertiente pacífica y preventiva, basada en un impulso al desarrollo de la zona al estilo de lo que fue el Plan Marshall para Europa. Pero si la Alianza para el Progreso, creada en 1961 con este propósito y financiada con 20.000 millones de dólares, representaba la apuesta por el desarrollo económico como cortafuegos del comunismo, la política de contrainsurgencia, simbolizada por el centro de adiestramiento instalado por la CIA en Panamá, acabó imponiéndose como medio más inmediato y efectivo de asegurar el control norteamericano sobre la región e impedir el triunfo de procesos revolucionarios que amenazaran los intereses económicos y geoestratégicos de Estados Unidos. Esa deriva hacia un endurecimiento de la política norteamericana en América Latina se plasma tanto en las intervenciones armadas y golpes de Estado generalmente auspiciados por Washington -sólo entre 1961 y 1964 fueron derribados siete gobiernos constitucionales-, como en la reducción en un 40% del presupuesto inicial de la Alianza para el Progreso.

Este esquema, aunque notablemente amplificado, puede aplicarse con ciertos matices al caso de Vietnam. Tanto América Latina como, sobre todo, Vietnam sirvieron de escenario al enfrentamiento Este/Oeste propio de la Guerra Fría, y en ambos casos tuvo un protagonismo destacado la lucha guerrillera desarrollada por organizaciones que defendían un proyecto socialmente revolucionario a la vez que antiimperialista. El triunfo de la revolución cubana en 1959 y los vínculos que muy pronto estableció con la URSS, con los riesgos que ello acarreaba para la seguridad de Estados Unidos, como se pudo ver en 1962, generaron en el establishment norteamericano un profundo temor a la propagación del fenómeno a otros países del continente. El proyecto anunciado a bombo y platillo por Che Guevara de crear "uno, dos, muchos Vietnams" en el Tercer Mundo avalaba esos temores. Pero ni los movimientos guerrilleros que surgieron en distintos países latinoamericanos, como Venezuela, Perú o Bolivia, alcanzaron la dimensión que se esperaba, ni la implicación de Estados Unidos en la represión se apartó de sus canales habituales, es decir, el apoyo a los ejércitos nacionales o a grupos contrainsurgentes a través de la CIA y, eventualmente, el respaldo a los numerosos regímenes militares establecidos en América Latina. El hecho es que los procesos revolucionarios y contrarrevolucionarlos que tuvieron lugar en el continente, así como la política norteamericana en la zona respondían a una dinámica propia, muy anterior a la Guerra Fría, y no se vieron influidos por ésta salvo en el efecto demostración que la Revolución Cubana o el comunismo maoísta tuvieron para algunos grupos guerrilleros.

Vietnam fue, pues, sin duda, el principal conflicto bélico del período de distensión, con graves repercusiones en la política interior norteamericana. Conflicto paradigmático también de la Guerra Fría, no sólo por escenificar a gran escala el antagonismo entre comunismo y capitalismo y los problemas derivados de la descolonización, sino por representar la forma de lucha característica de este período: la guerra de guerrillas, protagonista, según un cálculo no exhaustivo, de treinta y dos conflictos armados desarrollados entre 1945 y 1976. La Guerra de Vietnam puede considerarse, efectivamente, una prolongación de la lucha por la independencia emprendida contra Francia después de la Segunda Guerra Mundial. Tras la derrota francesa en Indochina y la creación en 1954 de los dos Estados vietnamitas, al Norte y al Sur del paralelo 17, Estados Unidos empezó poco a poco a intervenir en apoyo del régimen anticomunista instalado en Vietnam del Sur. En 1956 llegaron las primeras fuerzas especiales enviadas por la CIA, al tiempo que se impulsaba una política de desarrollo económico y social apoyada en fuertes inversiones norteamericanas. Pero la corrupción del gobierno títere de Ngo Dinh Diem, que dilapidaba buena parte de la ayuda financiera y hacía inútil cualquier intento de reforma, y la creciente actividad de la guerrilla comunista del Vietcong llevaron a la administración norteamericana a incrementar la presencia de "consejeros militares". La evolución del número de estos últimos entre 1960 y finales de 1963 -de 658 a 17.000- muestra bien a las claras la actitud adoptada por Kennedy ante el conflicto: la búsqueda de una difícil vía intermedia entre la simple inhibición, que hubiera podido desencadenar el temido efecto dominó - la caída en cadena de los regímenes pro-occidentales del Sudeste asiático-, y la participación abierta en el conflicto, desaconsejada por algunos asesores del presidente, como el embajador Harriman o el subsecretario de Estado George Ball, que presentaría su dimisión en 1966 en plena escalada militar. El resultado, de momento, fue una "alianza limitada” con el gobierno survietnamita para evitar el desmoronamiento de Vietnam del Sur sin asumir excesivos riesgos. Según un informe remitido en julio de 1962 al secretario de defensa McNamara por el mando norteamericano en Vietnam del Sur, la situación estaba mejorando rápidamente y cabía incluso la posibilidad de eliminar el peligro comunista en el plazo de un año. Sin embargo, el derrocamiento de Diem en 1963 por un golpe de Estado militar y el asesinato de Kennedy poco después abrieron un confuso impasse en la política norteamericana en la zona que no se despejó hasta agosto de 1964, cuando el Congreso de Estados Unidos autorizó al presidente Lyndon B. Johnson a usar la fuerza armada en Vietnam, en respuesta al ataque sufrido por un buque de guerra americano en el golfo de Tonkín.

Aunque el programa electoral de Johnson, triunfador de las presidenciales de 1964, preveía en lo relativo a Vietnam una actuación limitada tanto en el tiempo como en los medios, la implicación de Estados Unidos en el conflicto a partir de 1964 adquirió proporciones hasta entonces insospechadas. En 1965, la presencia militar norteamericana se cifraba en 180.000 hombres y en 1968 el contingente alcanzaba los 536.000. Paralelamente, el número de norteamericanos muertos pasó de 195 en 1964 a 16.500 cuatro años después. Pero el esfuerzo militar norteamericano no se puede medir únicamente por el número de marines destacados en Vietnam del Sur, la mayoría de los cuales se dedicaba a tareas de intendencia en la retaguardia. El aspecto más controvertido de su participación en la guerra fueron los bombardeos aéreos masivos, que se iniciaron tras la autorización por el presidente Johnson, el 7 de febrero de 1965, de la operación Rolling Thunders de bombardeo de objetivos militares en Vietnam del Norte. Esta dimensión del conflicto, paralela al contingente de marines establecido en la zona, permite calibrar la vertiginosa escalada de la guerra de Vietnam a partir de 1965: de 25.000 ataques aéreos aquel año a 180.000 en 1967; de 63.000 toneladas de bombas a 226.000. En 1966, la media de ataques aéreos había sido de 164 cada día, tanto sobre objetivos industriales y militares como sobre población civil. Se calculó que, al final de la guerra, la aviación norteamericana había lanzado una bomba de 250 kilos cada treinta segundos. Según otros cálculos, el tonelaje de las bombas lanzadas durante la Guerra de Vietnam por Estados Unidos fue casi cuatro veces superior al que la aviación estadounidense descargó en la Segunda Guerra Mundial. Añádanse a ello las especiales características de los bombardeos norteamericanos, como el uso de napalm o de bombas defoliantes para destruir la frondosa vegetación que daba cobertura a la guerrilla del Vietcong.

Éstos y otros datos, como los cuatro mil helicópteros empleados por Estados Unidos -arma emblemático de aquella guerra, lo mismo que los bombarderos B-52-, dan una idea del esfuerzo militar norteamericano y obligan a interrogarse sobre las razones de un fracaso que empezó a ser patente en 1968, año que marca el apogeo y el punto de inflexión en el desarrollo del conflicto. Para entender la humillante derrota de la mayor potencia mundial ante la guerrilla vietnamita hay que tener en cuenta varios factores. El primero de ellos radical precisamente, en las grandes limitaciones de los ejércitos regulares para hacer frente a un ejército guerrillero con amplio apoyo popular, moral de victoria y excelente adaptación al terreno. Desde las guerras napoleónicas, con el caso paradigmático de la guerrilla española -la voz guerrilla sirve desde entonces para designar el fenómeno en otras lenguas-, hasta las guerras coloniales, pasando por el ejército guerrillero dirigido por Tito en Yugoslavia que tuvo en jaque al ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, son multitud los ejemplos históricos que ilustran las dificultades, a menudo insalvables, que tienen que afrontar los grandes ejércitos en estas circunstancias. La superioridad táctica de la guerrilla, patente en el caso del Vietcong, radica en su habilidad para rehuir los combates frontales en campo abierto, en su invisibilidad, es decir, en su capacidad para aparecer y desaparecer -y más en una región selvática como lo era buena parte de Vietnam del Sur- y en los efectos devastadores que para la organización y la moral del adversario tienen sus acciones por sorpresa contra los centros de comunicación y aprovisionamiento.

El Vietcong, formado por unos 200.000 hombres, contaba además con el apoyo directo de Vietnam del Norte, canalizado a través de la famosa ruta Ho Chi Minh, e indirectamente de la URSS y de la China Popular, más el respaldo de una buena parte de la población survietnamita, hostil a su propio gobierno y a la presencia norteamericana, que veían como una prolongación de la vieja dominación colonial. El nacionalismo y el antiimperialismo que encarnaba la guerrilla survietnamita, más que el componente revolucionario de su lucha, ejercían un atractivo irresistible sobre amplios sectores de la población, desde el campesinado hasta el clero budista. Estados Unidos, mientras tanto, maniatado por su opinión pública y por la situación internacional, en plena distensión, tenía que hacer un uso limitado de su potencial militar: ni armamento nuclear, ni invasión del Norte. En tales términos, la Guerra de Vietnam se planteaba como una guerra de desgaste, cuyo desenlace se inclinaría en favor de aquel que mostrara una mayor capacidad de sufrimiento y resistencia.

Aquí, sin duda, estuvo la clave de la derrota norteamericana, porque mientras el pueblo vietnamita se había curtido en situaciones parecidas a lo largo de varias décadas de guerras coloniales, la opinión pública estadounidense no estaba dispuesta a prestar un apoyo incondicional a una aventura militar de dudoso éxito y alto coste en vidas humanas y en recursos económicos -25.000 millones de dólares anuales en la fase álgida, la tercera parte del presupuesto de defensa-. En 1965, recién iniciada la escalada norteamericana en la zona, el historiador de izquierdas Eric Hobsbawm advirtió ya, en un artículo publicado en The Nation de Nueva York, sobre las elevadas posibilidades de un fracaso militar e incluso sobre el riesgo de que Estados Unidos , impotente ante la guerrilla vietnamita, recurriera finalmente a la bomba atómica, opción barajada ya en la Guerra de Corea.

La guerra la perdió finalmente en su propia retaguardia. En primer lugar, por la impopularidad de un sistema de reclutamiento que convertía en potenciales reclutas a todos los jóvenes norteamericanos físicamente aptos, pero que dejaba numerosos resquicios legales para una aplicación discriminatoria del reglamento, tanto desde el punto de vista social como racial, como prueba el hecho de que los negros, con un 11 % de la población del país, aportaran un 31 % de los combatientes en Vietnam. La impopularidad de la guerra se explica igualmente por el decisivo papel que los medios de comunicación, sobre todo la televisión, tuvieron en la difusión de los aspectos más siniestros del conflicto: los bombardeos masivos sobre Vietnam del Norte, el uso del napalm, los abusos cometidos por las tropas americanas, como la matanza perpetrada por un grupo de marines en la aldea de Mi Lay, o la feroz represión desencadenada contra los miembros y simpatizantes del Vietcong. La célebre imagen, difundida por las televisiones occidentales, de la ejecución de un guerrillero vietnamita, en plena calle, a manos del jefe de policía de Saigón hacía inevitable que los sectores más sensibles de la opinión pública se plantearan si Estados Unidos no se había equivocado de bando. El hecho de que el responsable de esa filmación, Eddie Adams, acabara recibiendo el premio Pulitzer demuestra hasta qué punto la mala conciencia se había extendido entre amplios e influyentes segmentos de la sociedad americana. Todo ello demostraba el rotundo fracaso del propósito que un columnista norteamericano atribuyó a la administración Johnson: "Hacer la guerra sin que el New York Times lo notase".

En 1968, la presión de la opinión pública se hizo insoportable. En enero, el Vietcong había emprendido una operación a gran escala, la ofensiva del Têt, lanzada simultáneamente contra un centenar de ciudades, con golpes de efecto espectaculares, como la ocupación de la ciudadela de Hué, aunque con un altísimo número de bajas. Es dudoso que la operación fuera un éxito en términos militares, pero, una vez más, el Vietcong había ganado la batalla de la propaganda. Este desafío inesperado, que sembró nuevas dudas sobre la capacidad de respuesta del ejército norteamericano, se añadía a la creciente impopularidad de la guerra: la agitación en los campus universitarios, con la oposición a la guerra como principal, aunque no única, motivación; las continuas manifestaciones y marchas, como la de 1967, con más de 200.000 personas concentradas en Washington ante el Pentágono, y el incesante clamor en favor de una paz negociada, al que se sumaron personalidades del ala más liberal del establishment y del Partido Demócrata, como el senador McCarthy, la actriz Jane Fonda o el presentador de televisión Walter Cronkite. Por fin, en marzo de 1968 el presidente Johnson, cuyo índice de popularidad había caído al 30% tras la ofensiva del Têt, anunciaba la suspensión de los bombardeos y su renuncia a la reelección. Poco después, Estados Unidos y Vietnam del Norte iniciaban en París unas largas conversaciones de paz.

El apretado triunfo del republicano Richard Nixon en las elecciones de 1968 se debió en gran parte a su promesa de poner fin a la guerra. Pese a su fama de político marrullero y tramposo -luego sobradamente acreditada-, Nixon inició su mandato haciendo honor a aquel compromiso y ordenó una primera repatriación de marines. Tres años después, la cifra había bajado de los 536.000 marines del año 1968 a 156.000. El plan de vietnamización del conflicto, puesto en marcha por el nuevo presidente, era obra del consejero presidencial H. Kissinger y suponía la retirada gradual de Estados Unidos y la entrega al ejército survietnamita de los medios necesarios para hacer frente al enemigo. Mientras tanto, las conversaciones de paz proseguían con grandes dificultades, a menudo con sensación de estancamiento. Como forma de presión, Estados Unidos endureció ski postura y adoptó medidas drásticas, como la invasión de Camboya en 1970 o el bombardeo de la capital norvietnamita, Hanoi, en 1972. Finalmente, en enero de 1973 Estados Unidos y Vietnam del Norte firmaban en París un acuerdo de paz en virtud del cual las fuerzas norteamericanas abandonarían totalmente Vietnam del Sur, el gobierno norvietnamita liberaría a los prisioneros de guerra y se constituiría una comisión, con participación del gobierno survietnamita y del Vietcong, para preparar la celebración de elecciones libres en Vietnam del Sur.

Los acontecimientos demostraron muy pronto el fracaso de la vietnamización del conflicto, pues sin la participación directa de Estados Unidos, el hundimiento del régimen survietnamita era cuestión de poco tiempo. La guerra terminó definitivamente en abril de 1975 con la toma de Saigón por el Vietcong. El saldo final fue de, aproximadamente, un millón de muertos del lado vietnamita y 58.000 del lado norteamericano. A estos últimos hay que añadir unos trescientos mil heridos y mutilados, un colectivo de gran importancia para entender la permanencia del trauma de la guerra en la vida cotidiana y en la conciencia del pueblo americano. Las imágenes de la entrada triunfal del Vietcong en Saigón, preludio de la reunificación del país bajo un régimen comunista, y de las escenas de pánico protagonizadas en su huida por los survietnamitas afectos al gobierno acabaron de perfilar en la opinión pública norteamericana lo que se conocería como el síndrome de Vietnam: un recrudecimiento del viejo sentimiento aislacionista puesto al día con una mezcla de vergüenza colectiva y espíritu de revancha.

La larga Guerra de Indochina, iniciada tras la Segunda Guerra Mundial, de la que Vietnam fue el principal pero no el único escenario, tendría un siniestro epílogo en las matanzas perpetradas en Camboya por el régimen maoísta de los jemeres rojos, liderados por Pol Pot y responsables de la muerte de cientos de miles de personas entre 1975 y 1979, así como en el enfrentamiento armado, a finales de aquella década, entre China y el Vietnam reunificado, al que China Popular consideraba un aliado de la URSS.

Clase del 10 de setiembre

Los orígenes de la distensión

Aunque algunos autores sitúan entre 1973 (crisis del petróleo) y 1979 (invasión de Afganistán) el comienzo de la llamada Segunda Guerra Fría, dando la engañosa sensación de que entre 1962 y 1973-1979 el mundo no vivió en guerra fría, parece más razonable dividir esta época en dos etapas sucesivas separadas por la crisis de los mísiles. Según esta periodización, la segunda etapa empezaría en 1962 y terminaría en 1989, e incluiría, a su vez, una dilatada fase de distensión (1962-1979), un breve, pero intenso, período de recrudecimiento del conflicto (1979-1985) y una última y definitiva distensión iniciada con la llegada al poder de M. Gorbachov y el comienzo de la perestroika.

Lo que nadie pone en duda es la importancia de la crisis de los mísiles en el desarrollo de la Guerra Fría. El desenlace pacífico de este grave incidente, como otros episodios cruciales de la segunda mitad del Siglo, confirmaría la certeza de las palabras de Raymond Aron cuando, apenas iniciada la Guerra Fría, afirmó que en las relaciones entre los dos bloques antagónicos "la paz [era] imposible y la guerra improbable". Tras la crisis de octubre de 1962, se puso de manifiesto el interés de las dos grandes potencias en evitar que un conflicto fuera de control desencadenara un enfrentamiento general que ninguna de las dos deseaba.

Consecuencia del nuevo ambiente que empezó a presidir las relaciones entre Estados Unidos y la URSS fue el comienzo de una era de distensión y coexistencia pacífica que habría de prolongarse hasta finales de los años setenta. Con la apelación a una coexistencia pacífica entre los dos boques, el nuevo líder soviético pretendió ofrecer, también en política exterior, un talante distinto al de su predecesor, mostrándose dispuesto a mantener una relación franca y abierta con el adversario. La expresión debió de hacer fortuna, por lo menos en el bloque soviético, porque en agosto de 1961 la empleó Ernesto Che Guevara en un discurso en el que auguró el comienzo de una etapa de "coexistencia pacífica" en América Latina. El hecho es que ambos conceptos, distensión y coexistencia pacífica, apuntados ya a finales de la década los cincuenta, iban a servir a partir de mediados de los sesenta para definir un nuevo período en las relaciones Este/oeste, en el que se registraron notables avances en el control de armamentos y se hizo patente el esfuerzo de las dos partes para configurar un marco de relación más estable y seguro.

Pese a los gestos con los que Kruschef había querido ilustrar el nuevo talante de su política internacional, como sus dos viajes a Estados Unidos, y la cordialidad que había presidido sus entrevistas con Eisenhower y Kennedy, no fue hasta 1963, con la instalación de una línea caliente entre el Kremlin y la Casa Blanca -el mítico teléfono rojo; en realidad, un simple teletipo-, cuando se puso de manifiesto la voluntad de las dos superpotencias de establecer una comunicación fluida que impidiera decisiones precipitadas por uno u otro lado. También en esto, la crisis de los mísiles había resultado aleccionadora, porque la extrema lentitud con que venían operando los mecanismos diplomáticos tradicionales -mensajes cifrados al embajador correspondiente, descodificación de los mensajes, transmisión del texto traducido a las autoridades del otro país y vuelta a empezar- llegó a ser un serio factor de riesgo. Ese mismo año (agosto de 1963), y en un ambiente sensiblemente distinto al de octubre de 1962, Estados Unidos y la URSS acordaron una prohibición parcial de pruebas nucleares en la atmósfera, que fue firmada también por Gran Bretaña.

Llama la atención la celeridad con la que se llegó a este primer acuerdo, apenas unos meses después de que Kruschef, recién superada la crisis de los mísiles, escribiera a Kennedy para proponerle avanzar conjuntamente hacia la total eliminación de las pruebas nucleares. Tanto el contenido como el tono de la carta del líder soviético demostraban, según A. Schlesinger, consejero del presidente Kennedy, que los rusos parecían verdaderamente interesados en alcanzar un modus vivendi satisfactorio para ambas partes. Es posible que, indirectamente, el final feliz de la crisis cubana y el comienzo de la distensión tuvieran alguna relación con el asesinato de Kennedy en 1963 y con la destitución de Kruschef en 1964. Uno y otro habrían pagado de esta forma una política exterior que los halcones respectivos consideraron claudicante. Pero ni la escalada bélica en Vietnam a partir de 1964, ni la desaparición de la escena de los dos grandes protagonistas de la crisis de 1962 y del comienzo de la distensión provocaron una marcha atrás en el proceso iniciado a finales de aquel año. El cambio producido en las relaciones Este/Oeste demostró ser irreversible y debe considerarse como un punto de inflexión que inauguró una nueva y duradera concepción, aunque no la superación, del antagonismo entre los dos bloques.

En todo caso, esta nueva fase de la Guerra Fría estuvo determinada no sólo por los factores aludidos -la distensión, el control de armamentos, una relación mucho más fluida entre las dos grandes potencias-, sino también por el conflicto entre la URSS y la República Popular China, que contribuyó a distorsionar considerablemente el mapa ideológico de la Guerra Fría trazado en los años cuarenta. En cierta forma, la Segunda Guerra Fría supuso una pérdida de efectividad de la coartada ideológica que había justificado hasta entonces la pugna entre los dos bloques y una corrección significativa del rígido esquema bipolar vigente desde 1945. El enfrentamiento parecía desplazarse al interior del propio bloque comunista por la feroz rivalidad que en los años siguientes marcó la relación entre la URSS y la República Popular China. El continuo cruce de acusaciones entre ambas potencias sobre su traición a la causa -el Kremlin llegaría a calificar de "antimarxista, antileninista y antihumana" la política exterior china, las críticas del gobierno chino a los primeros pasos hacia la distensión, como cuando tachó de "gran superchería' el primer tratado para la limitación de pruebas nucleares, sus posiciones antagónicas respecto a la descolonización y a los países de Tercer Mundo y los frecuentes incidentes fronterizos entre China e India -tradicional aliada de la URSS- revelan la magnitud de un conflicto que restó parte de su protagonismo al enfrentamiento Este/Oeste en torno al cual había girado hasta entonces la Guerra Fría.

Es difícil saber hasta qué punto la ruptura con el estalinismo tras el XX Congreso del PCUS y el posterior giro de la política exterior soviética hacia posiciones más flexibles, aun teniendo en cuenta episodios como la invasión de Hungría o la construcción del muro de Berlín, habían provocado el distanciamiento entre la URSS y la China de Mao, que se proclamó ante el mundo depositarla exclusiva de las esencias comunistas. Según Kruschef, la crisis se habría producido igualmente con Stalin si hubiera vivido unos años más, y, por tanto, no se debió a cuestiones de fondo de tipo doctrinal, sino al deseo de Mao -al que definió en sus Memorias como un “pequeño burgués" maestro en el arte de la intriga y el disimulo- de arrebatar a la URSS el liderazgo del mundo comunista. Pero no se pueden ignorar tampoco las poderosas razones de la Unión Soviética para replantearse una política de confrontación con el bloque occidental, heredada de Stalin, que no estaba exenta de riesgos: de un lado, el alto coste que la carrera de armamentos tenía para la URSS en una fase decisiva para su despegue como potencia industrial; de otro lado, el temor -no compartido por China- a que la acumulación de armamento nuclear condujera finalmente, por una suerte de inercia inexorable, a la realización de lo que en el lenguaje de la Guerra Fría se llamó destrucción mutual asegurada (Mutual Assured Destruction, MAD, es decir, loco en inglés). La gravedad extrema que alcanzó la crisis de los mísiles, cuyo desenlace pacífico fue criticado también por China, hizo patente la necesidad de que la política de disuasión nuclear condujera al control de armamentos, en vez de llegar a la disuasión, como hasta entonces, a través de un rearme incesante que tuviera un efecto intimidatorio sobre el adversario.

Sea como fuere, las malas relaciones chino-soviéticas contrastaban con la actitud más comprensiva que empezaron a mostrar los países occidentales hacia la URSS. El nuevo talante de la Iglesia Católica durante los pontificados de Juan XXIII (1958-1963) y Pablo VI (1963-1978), así como la renovación doctrinal llevada a cabo por el Concilio Vaticano II (1962-1965), representaron, sin duda, una aportación no desdeñable a la voluntad de distensión que se fue abriendo paso incluso entre los sectores más conservadores de la sociedad occidental. El cambio era perceptible, pues, en la opinión pública y en la mesa de negociaciones, donde se ventilaban cuestiones de gran trascendencia, como la forma y el alcance de los controles de armamentos. El giro que habían dado las relaciones Este/Oeste fue reconocido por Kennedy en la Asamblea General de las Naciones Unidas celebrada en septiembre de 1963, poco después de la firma del primer tratado de prohibición de pruebas nucleares. El acuerdo podía significar, según el presidente norteamericano, una simple pausa en la Guerra Fría, pero si las grandes potencias establecían a partir de esta experiencia una cooperación basada en la mutua confianza, "esta primera etapa, por pequeña que sea, podría ser el punto de partida de un camino largo y fructífero". No es de extrañar que el asesinato de Kennedy dos meses después produjera una gran conmoción en todo el mundo, y que el propio Kruschef, según un alto funcionario soviético, recibiera con lágrimas la noticia del magnicidio y pasara varios días como aturdido sin salir de su despacho.

Pero el movimiento hacia la distensión emprendido en 1963 era demasiado fuerte como para que pudiera detenerse por la desaparición primero de Kennedy y luego de Kruschef, sucedido en el poder, tras su destitución en 1964, por Leónidas Breznev en calidad de jefe del Estado y presidente del Soviet Supremo. La continuidad de la política inaugurada por Kennedy y Kruschef es la mejor prueba de las razones de fondo que avalaban el giro dado hacia la coexistencia pacífica, razones capaces de superar la firme resistencia que encontraba en los sectores más duros del establishment norteamericano y de la nomenklatura soviética. Durante casi dos décadas, la lógica de la distensión pareció imparable, aunque los avances fueron siempre lentos y laboriosos. Los líderes soviéticos y norteamericanos de esta época -la troika formada por Breznev, Kosygin y Podgorny, en el caso soviético, y los presidentes Johnson, Nixon, Ford y Carter, del lado norteamericano- invirtieron casi dos décadas en construir la frágil arquitectura de la coexistencia pacífica.

Tras los acuerdos alcanzados en 1963, tuvieron que pasar casi cuatro años para que la política de control de armamentos recibiera un nuevo impulso. La entrevista entre el presidente Johnson y el primer ministro soviético Kosygin, celebrada en Nueva Jersey en junio de 1967, puso en marcha las conversaciones para la limitación de armas nucleares de largo alcance, más conocidas por su acrónimo inglés SALT (Strategic Arms Limitation Talks), que desembocaron en 1972 en la Firma en Moscú por Kosygin y Nixon de los acuerdos SALT I. Mientras tanto , junto a otros tratados de desnuclearización de menor entidad y una significativa revisión a la baja de la doctrina estratégica de la OTAN, que pasó de la "represalia masiva" a la "respuesta flexible", cabe señalar la firma por las dos superpotencias y Gran Bretaña del Tratado de no proliferación de armas nucleares (1968), que fue rechazado por Francia y China -ambas acababan de entrar en el club de las potencias nucleares-. A este acuerdo le siguieron el Tratado de desnuclearización de los fondos marinos (1971) y la Prohibición del uso de armas biológicas (1972), todo ello bajo la presidencia del republicano Richard Nixon, que había iniciado su controvertido mandato a principios de 1969 con el anuncio de que "tras un período de enfrentamiento, entramos en una era de negociaciones". En realidad, más que una premonición o una declaración de buenas intenciones, era un simple refrendo de la dinámica negociadora emprendida en 1963. El mismo espíritu de distensión hizo posible la firma en 1970 del tratado germano-soviético entre Kosygin y el canciller de la Alemania Federal Willy Brandt, impulsor de una política de apertura al Este (Ostpolitik) que se tradujo en la aceptación del particular statu q o alemán impuesto por la conferencia de Potsdam de 1945.

En 1969, la distensión había entrado en una fase decisiva que culminaría en 1975 con la Firma de los Acuerdos de Helsinki. Que ello ocurriera bajo el mandato de un republicano de probado anticomunismo como R. Nixon, con la inestimable colaboración de Henry Kissinger, primero como consejero de seguridad nacional (1969-1975) y luego como secretario de Estado del presidente Ford (1975-1977), demuestra en qué medida la política norteamericana en relación con el bloque soviético se regía en estos años más por un criterio de puro realismo que por impulsos ideológicos o por el afán de aniquilar al adversario. El propio Kissinger, que se había doctorado en Harvard -donde fue profesor entre 1957 y 1969- con una tesis sobre Metternick y la Europa posnapoleónica, era un firme partidario de la idea del equilibrio como elemento regulador de las relaciones entre las grandes potencias y, desde finales de los años cincuenta, venía planteando en sus libros y artículos los múltiples riesgos que extrañaba el llamado equilibrio del terror, así como las diversas alternativas que cabía explorar en materia de control e inspección de armamentos.

Por otra parte, las malas relaciones entre la URSS y China brindaban una oportunidad a Estados Unidos para mejorar su posición en el complejo tablero de la Guerra Fría, en un momento en que la bipolaridad parecía haber entrado en crisis, y no sólo en el Este. El general De Gaulle se desmarcaba ostensiblemente de la política norteamericana y atlantista con una serie de decisiones sorprendentes: reconocimiento de la República Popular China (1964), condena de la intervención norteamericana en Santo Domingo (1965), retirada de Francia del mando integrado de la OTAN (1966), veto a la entrada del Reino Unido en la CEE... Así las cosas, Nixon y Kissinger intentaron aprovechar el giro estratégico de la China de Mao mediante un audaz acercamiento al gobierno de Pekín, cuya concepción del comunismo parecía mucho más sectaria e intransigente que la soviética y, por tanto, menos proclive, en teoría, a un entendimiento con Occidente. Pero había razones para creer que esa aproximación era posible, como, por ejemplo, la coincidencia de China y Estados Unidos en el apoyo a Pakistán en su contencioso con India, apoyada a su vez por la URSS. La evolución de la política exterior china indicaba, efectivamente, que este país consideraba a la Unión Soviética su principal enemigo, relegando a Estados Unidos a un papel secundario. La aproximación norteamericana a China empezó con un viaje secreto de Kissinger a Pekín en julio de 1971 y siguió unos meses después con una visita del presidente Nixon en la que se buscó la mayor repercusión diplomática y periodística. Mientras tanto, la retirada del veto norteamericano permitió a China Popular ingresar en la ONU en sustitución de Taiwán (octubre de 1971). La firma en los meses siguientes de un buen número de tratados bilaterales entre Estados Unidos y la URSS, incluido el acuerdo SALT I ya mencionado, puede considerarse en parte como una consecuencia de la impresión que el acercamiento entre sus dos grandes rivales había producido en la Unión Soviética.

Clase del 8 de setiembre

Altibajos de la Guerra Fría: del deshielo a la crisis de los mísiles

La formulación en 1957 de la doctrina Eisenhower en Oriente Próximo es sólo un síntoma del pesimismo que se había apoderado de la política exterior norteamericana en los últimos tiempos y de la voluntad de oponer una resistencia más eficaz a los progresos realizados, en todos los órdenes, por la Unión Soviética. En 1958, Nikita Kruschef es un líder sólidamente consolidado en la URSS gracias a sus últimos movimientos en la política interior soviética. La desestalinización en su vertiente internacional, con sus ofrecimientos de coexistencia pacífica, su énfasis en un socialismo plural y sus continuas apelaciones a una paz justa y global, había merecido a la URSS la simpatía de una parte de la opinión pública internacional y, sobre todo, de algunos países del Tercer Mundo. Sólo la intervención soviética en Polonia y Hungría en 1956 empañó la imagen del comunismo postestalinista como paladín de la paz y del progreso.

La economía soviética atravesaba una de las etapas más boyantes de su historia, con tasas de crecimiento del 8,3% anual, superiores a las de muchos países occidentales, lo que permitía pensar en un progresivo acortamiento de la distancia, todavía enorme, que la separaba de la economía norteamericana. La ciencia soviética era el mejor escaparate de la "nueva” URSS, que se mostraba dinámica, moderna, volcada en la realización de algunos de los grandes ideales de la humanidad, desde la conquista del espacio hasta la lucha por la paz mundial. No olvidemos tampoco el deporte, otra manifestación incruenta de la disputada carrera que las dos superpotencias mantenían por la supremacía mundial. La prioridad que los países del socialismo real concedieron a la práctica deportiva representa un aspecto clave de la construcción del llamado hombre nuevo -sano, fuerte, disciplinado- y una vertiente sumamente eficaz de la propaganda socialista ante el mundo. No es extraño que los Juegos Olímpicos llegaran a ser un puro reflejo de la bipolaridad. El reparto final de medallas, como los mísiles, los satélites artificiales o el índice de producción industrial, era una variable de gran valor para cuantificar el poderío de los dos mundos a diversas escalas: Estados Unidos contra la Unión Soviética, países capitalistas contra países comunistas, Alemania Federal contra Alemania Democrática. Nada en el mundo quedaba al margen de la Guerra Fría.

Entre los acontecimientos que simbolizan el auge de la URSS en la era Kruschef figuran, de forma muy destacada, los grandes logros del programa espacial soviético: el lanzamiento en octubre de 1957 de su primer satélite artificial -el Sputnik I-, el lanzamiento, un año después, del Sputnik II, ocho veces mayor que el primero y con un perro a bordo, y la puesta en órbita, en 1961, del astronauta soviético Yuri Gagarin, convertido en héroe colectivo del mundo socialista y en símbolo de todo aquello que la URSS pretendía encarnar, ya fuera el progreso científico, la realización de viejas utopías o la utilización de la técnica para empresas de paz. En comparación con todo ello, el fracaso de Estados Unidos en esta primera etapa de la carrera espacial resultó espectacular, por ejemplo, el fiasco del pequeño satélite Vanguard, e hizo temer que la ciencia soviética pudiera ganar también la carrera de armamentos. El miedo de la opinión pública y las presiones de políticos, militares y grandes empresas del sector -eso que el propio Eisenhower llamó el "complejo militar-industrial"- llevaron a la administración a realizar un nuevo esfuerzo presupuestario para incrementar la ventaja norteamericana en mísiles de largo y medio alcance. Lo cierto era que, a pesar de lo anunciado por Kruschef y de lo que temían algunos mandos norteamericanos, la Unión Soviética no estaba todavía en condiciones de fabricar mísiles intercontinentales que pusieran seriamente en peligro la seguridad de Estados Unidos. Ese desequilibrio en la carrera de armamentos en favor de Estados Unidos parece haber influido poderosamente en la decisión de Kruschef, en 1962, de instalar en Cuba mísiles de corto alcance como forma de compensar el retraso nuclear de la Unión Soviética.

Pero, hasta llegar a la crisis de los mísiles, las relaciones entre las dos superpotencias pasaron por todo tipo de avatares, con momentos de tensión y otros en que se produjeron significativas aproximaciones. Es el caso del tratado, firmado en Viena en mayo de 1955, por el que la URSS aceptaba retirar de Austria sus tropas de ocupación, a la vez que reconocía el nacimiento del nuevo Estado austríaco. Este último se comprometía a permanecer fuera de la OTAN y renunciaba a formar un único Estado con Alemania. Dos meses después (julio de 1955), se celebraba en Ginebra una conferencia entre los antiguos aliados para determinar, entre otras cuestiones, el futuro de Alemania. Aunque ni en esta espinosa cuestión ni en las diversas propuestas sobre reducción de armamentos fue posible el entendimiento entre la URSS y las potencias occidentales, algunos acuerdos en asuntos menores, como el establecimiento de un sistema de intercambio cultural entre Estados Unidos y la URSS, permitieron hablar durante algún tiempo del Espíritu de Ginebra como punto de arranque de un nuevo clima de "conciliación y cooperación" -así lo calificó Eisenhower- en las relaciones Este/Oeste. La valoración que ha hecho después la historiografía del llamado espíritu de Ginebra se mueve entre dos posiciones no necesariamente antagónicas: la primera, que la conferencia de Ginebra resultó un completo fracaso en todas las grandes cuestiones que estaban sobre el tapete, por lo que el clima de concordia que presidió la conferencia carecería de verdadero significado político; según otra interpretación, Ginebra, a falta de acuerdos concretos, supuso un hito importante en la mentalización de los dirigentes mundiales, que empezaron a convencerse de que la Guerra Fría sería forzosamente -como la propia conferencia de Ginebra- un conflicto sin vencedores ni vencidos.

En los años siguientes, las relaciones entre las dos superpotencias estuvieron llenas de encuentros y desencuentros. Lo uno y lo otro se dio, en cierta forma, en la ya comentada crisis de Suez de 1956. Al acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Soviética sobre el carácter inadmisible de la agresión anglo-francesa, le sucedió una clara determinación de la administración Eisenhower de actuar en Oriente Próximo al precio que fuera, aun a riesgo de provocar un enfrentamiento con la URSS o sus aliados en la región. El viaje de Kruschef a Estados Unidos en septiembre de 1959 presentó también dos vertientes opuestas. Como primera visita de un líder soviético a la patria del capitalismo, el hecho representaba en sí mismo un cambio en las relaciones entre las dos potencias, en línea con la "coexistencia pacífica" pregonada por Kruschef y con el célebre "espíritu de Ginebra". La simpatía con la que el dirigente soviético se mostró ante los medios de comunicación en algunos actos celebrados durante su estancia contribuyó a desdramatizar las relaciones entre los dos países y a romper ciertos prejuicios de la opinión pública norteamericana. Pero la falta de resultados concretos, tanto de esta visita como de la que realizó un año después, ponía de relieve los límites del deshielo y la situación de impasse en la que se encontraba la Guerra Fría en la fase final de la presidencia de Eisenhower. La tensión subiría muy pronto hasta cotas desconocidas en los últimos tiempos por el estallido de una nueva crisis en Berlín y, sobre todo, por la evolución del régimen revolucionario instaurado en Cuba en 1959.

Berlín fue, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un foco permanente de discordias entre los antiguos aliados, convertidos en 1945 en administradores de una ciudad que era la expresión más visible de la Guerra Fría. En su primer encuentro con Kennedy, celebrado en Viena en junio de 1961, Kruschef reiteró su conocida propuesta de firmar un acuerdo de paz definitivo con Alemania que permitiera normalizar la situación de Berlín. En el fondo de este contencioso estaba el problema de la fuga masiva de ciudadanos de Alemania del Este hacia la otra Alemania a través de los pasos establecidos en la antigua capital del Reich, los únicos que quedaban abiertos tras el cierre de fronteras en 1952. Se calcula que desde 1950 hasta la construcción del muro en 1961, 3.500.000 de alemanes orientales habían abandonado el país, en una sangría humana y económica que equivalía a una suerte de plebiscito espontáneo sobre los sentimientos que el socialismo real despertaba entre la población. Sólo en 1960, cerca de 200.000 personas incrementaron el número de quienes habían iniciado una nueva vida en Alemania occidental, una cifra que seguía creciendo en los primeros meses de 1961 a un ritmo de mil personas diarias. Las autoridades soviéticas -y más aún los dirigentes germano-orientales- estaban dispuestas a poner fin de una vez por todas al daño económico y al mal ejemplo que representaba la fuga masiva de súbditos de la RDA.

Como hiciera Eisenhower tres años antes, el presidente Kennedy rechazó un plan que, a su juicio, suponía dejar la antigua capital alemana a merced de los rusos. El desacuerdo condujo a un cruce de amenazas entre los dos dirigentes, que no tardó en producir Lina nueva escalada de la tensión en Berlín. La crispación que se había apoderado de la ciudad aceleró el éxodo a la zona occidental, que el 12 de agosto de 1961 alcanzó la cifra récord de cuatro mil personas en sólo veinticuatro horas. Al día siguiente, ante el estupor general y en medio de un impresionante despliegue de soldados y policías del Este, empezaba la construcción del famoso muro berlinés, que estuvo terminado en apenas cuarenta y ocho horas y que se convirtió, hasta su simbólica caída en 1989, en la más burda expresión del célebre telón de acero.

El otro episodio que marcó el recrudecimiento del conflicto entre las dos grandes potencias fue la crisis de los mísiles de 1962. El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 había puesto fin a una de tantas dictaduras latinoamericanas satelizadas por Estados Unidos. El desprestigio acumulado por Fulgencio Batista durante veinticinco años de ejercicio de un poder absoluto y la mezcla explosiva de injusticia social y sometimiento neocolonial que sufría la isla dieron una enorme popularidad a los jóvenes guerrilleros --los llamados barbudos- que derrocaron la dictadura e hicieron su entrada triunfal en La Habana el 1 de enero de 1959. Si la singular Revolución Cubana tenía en su origen un conjunto heterogéneo de motivaciones y apoyos, la política inicial del nuevo gobierno recogía igualmente aspiraciones muy diversas, que iban desde la restauración de la dignidad y la independencia nacional hasta la realización de un avanzado programa de reformas sociales, que, como la reforma agraria aprobada en mayo de 1959, afectaba directamente a los cuantiosos intereses norteamericanos en el país. En realidad, el movimiento guerrillero 26 de Julio, principal protagonista de la lucha contra Batista, se había identificado mucho más con José Martí, artífice de la independencia cubana frente a España, que con el ideario de Marx y Lenin. Pero tras alcanzar el poder, y sin abandonar nunca una cierta mística romántica y nacionalista, los barbudos, liderados por Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, se fueron orientando hacia postulados revolucionarios y antiimperialistas.

A lo largo de 1960, el gobierno norteamericano fue endureciendo su política respecto al nuevo régimen cubano. A principios de ese año, Eisenhower, que afrontaba los últimos meses de su presidencia, autorizaba a la CIA a dar entrenamiento militar a exiliados de aquel país. Al mismo tiempo, se suspendía la compra de azúcar cubano a un precio político, como se venía haciendo hasta entonces, una medida a la que las autoridades de la isla respondieron intensificando sus relaciones comerciales con la Unión Soviética. Era evidente que Cuba se estaba colocando en el centro mismo del tablero de la Guerra Fría y que el gobierno cubano no estaba dispuesto a que aquello acabara como Guatemala unos años antes. Por si las implicaciones internacionales no estuvieran suficientemente claras, en enero de 1961 Kruschef se congratulaba de la apertura en América Latina "de un nuevo frente contra el imperialismo de Estados Unidos". Aquel mismo mes, John E Kennedy tomaba posesión de la presidencia de Estados Unidos. En su actitud hacia Cuba, lo mismo que en otros aspectos de su gestión, se pudo ver muy pronto cómo la rotundidad de sus declaraciones contrastaba con una política a menudo errática y dubitativo.

En abril de 1961, sintiéndose muy presionado por el poderoso lobby del exilio cubano en Estados Unidos y por la CIA, que temía el contagio revolucionario en Centroamérica, el presidente Kennedy daba vía libre a una operación militar en la isla realizada por cubanos anticastristas apoyados por la CIA. El estrepitoso fracaso del desembarco en Bahía Cochinos tuvo consecuencias nefastas para Kennedy, que quedó profundamente marcado por esa experiencia. Si por un lado, reforzó y radicalizó la Revolución Cubana, reafirmada en su carácter antinorteamericano, por otro, las cortapisas que la administración Kennedy había puesto a la operación sirvieron para que el exilio cubano y la extrema derecha norteamericana acusaran al presidente del desastre de Bahía Cochinos y del afianzamiento del régimen castrista. El fracaso de la política de medias tintas en aquel episodio tuvo su reflejo en la actitud intransigente que Kennedy adoptó en la crisis de los mísiles.

Los hechos son bien conocidos. A principios de 1962, Kruschef había ordenado la instalación en Cuba de treinta y seis mísiles balísticas de alcance medio y veinticuatro de alcance intermedio, en disposición, por tanto, de atacar objetivos norteamericanos. Con esta iniciativa, mantenida en secreto, la URSS compensaba en parte su desventaja en mísiles intercontinentales -el missile gap sobre el que tanto se especulaba en medios norteamericanos- y contrarrestaba los mísiles que Estados Unidos tenía desplegados en Turquía amenazando a la Unión Soviética. El 14 de octubre de 1962, un avión de reconocimiento norteamericano fotografiaba diversas instalaciones soviéticas en Cuba con rampas de lanzamiento de mísiles. Quedaba así al descubierto la arriesgada operación puesta en marcha por los soviéticos unos meses antes. El 16 de octubre, a las nueve de la mañana, el presidente Kennedy era informado sobre las imágenes captadas por el avión espía. En los siguientes días, se sucedieron las reuniones al más alto nivel para calibrar la respuesta que debía tomarse ante un hecho de tal envergadura. En medio de una enorme expectación, el 22 de octubre Kennedy se dirigía a la opinión pública en una alocución televisada para informar de su decisión de imponer un bloqueo total a Cuba que impidiera la llegada de nuevo material soviético, a la vez que lanzaba una velada amenaza a la URSS de desencadenar una guerra nuclear. Era una respuesta enérgica, pero no irreversible, que el presidente tomó personalmente en contra de las posiciones que defendían sus principales consejeros, unos, como el secretario de Defensa McNamara, partidarios de mantenerse a la expectativa, y otros favorables a un bombardeo inmediato de las bases soviéticas. El propio hermano del presidente, Robert Kennedy, ministro de Justicia, tuvo que rebatir enérgicamente a quienes proponían lanzar un ataque fulminante: "Sería un Pearl Harbour al revés". El 28 de octubre, es decir, catorce días después del descubrimiento de las bases y seis días después de la intervención televisada de Kennedy, Kruschef daba orden de retirar los mísiles de la isla. De esta forma, se conjuraba el peligro de una guerra total, que había tenido en vilo a todo el planeta, y terminaban lo que un historiador ha llamado "las dos semanas más peligrosas de la historia de la humanidad".

Aunque el líder soviético obtuvo algunas concesiones que le evitaron la humillación de una rendición incondicional, como la retirada de los obsoletos mísiles norteamericanos de Turquía, existe un amplio acuerdo en que la solución de la crisis cubana de 1962 tuvo mucho que ver con su destitución dos años después por un sector de la nomenklatura soviética que no le habría perdonado su claudicación ante Kennedy. La verdad es que la misma acusación ha recaído en el presidente norteamericano, al que, desde posiciones ultraconservadoras, se ha reprochado no haber llevado su victoria hasta el final, por ejemplo, forzando la caída del régimen cubano en un momento que parecía propicio. Muchas fueron las consecuencias, a corto y medio plazo, de la crisis de los mísiles, más allá de la huella que dejó en la biografía de sus dos protagonistas. La principal, sin duda, fue el giro trascendental que imprimió a las relaciones Este/Oeste con el comienzo de la distensión. En el legado histórico de aquel episodio, verdadero punto de inflexión, como veremos en el capítulo siguiente, en el desarrollo de la Guerra Fría, algunos autores incluyen también la "arrogancia de poder" en que cayó a partir de entonces la administración norteamericana. Su fácil victoria en la crisis cubana llevó a Estados Unidos, según esta interpretación, a embarcarse en el conflicto de Vietnam sin calcular debidamente los riesgos de una intervención militar en aquellas latitudes.

Clase del 3 de setiembre

Política y sociedad en Estados Unidos de Eisenhower a Kennedy

Los republicanos tardaron veinte años en volver a la Casa Blanca desde el histórico triunfo de Roosevelt en 1932. El nuevo presidente, el general Dwight Eisenhower (1890-1969), era uno de los principales símbolos de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial -había sido comandante en jefe de las fuerzas aliadas-, y, como tal, un hombre de gran popularidad en su país. Carecía, sin embargo, de un perfil político definido, hasta el punto de que había recibido ofertas de colaboración tanto por parte de los republicanos como de los demócratas. Encarnaba el orgullo colectivo de una nación convertida en superpotencia y parecía una garantía de firmeza en las relaciones con la Unión Soviética. Por lo demás, el espíritu del momento, en lo más duro de la Guerra Fría -caza de brujas, guerra de Corea, rearme-, favorecía una vuelta al conservadurismo republicano, tras las reformas sociales y económicas introducidas en los años del New Deal y continuadas por Truman, como la nueva ley de seguridad social de 1950, que aumentó en diez millones el número de beneficiarios, o la ley de vivienda de 1949, que preveía la erradicación del chabolismo y la construcción de 810.000 viviendas. Así pues, si el anticomunismo galopante podía ayudar a los republicanos a volver al poder, el recuerdo del carisma progresista de Roosevelt y la interiorización por una parte de la sociedad norteamericana del igualitarismo social de las últimas décadas planteaban algunas dudas sobre el efecto que tendría en el electorado un programa conservador puro. De ahí la búsqueda de un candidato presidencial como Eisenhower, representante de un cierto consenso nacional -él mismo había presumido de no ser ni republicano ni demócrata y la formulación de un programa que, frente al tradicional conservadorismo republicano, resultara atractivo a amplios sectores del electorado. El llamado new look republicano de los años cincuenta tiene su origen en ese difícil equilibrio entre los irrenunciables principios conservadores de los republicanos y su necesidad de adoptar una imagen innovadora y dinámica.

El éxito del "nuevo" partido republicano fue relativo. A la victoria de Eisenhower en 1952 le sucedió muy pronto el triunfo de los demócratas en las elecciones legislativas, lo que permitió a este partido imprimir a la política social de estos años un sesgo más progresista de lo que cabía esperar. En cambio, el ejecutivo formado en 1953 bajo la presidencia de Eisenhower mostraba a las claras las preferencias de la nueva administración republicana por el viejo establishment empresarial. Además del joven vicepresidente Richard Nixon, en el gobierno figuraban representantes tan cualificados del gran capital norteamericano como Charles E. Wilson, antiguo presidente de la General Motors, que hizo célebre la afirmación de que aquello que es bueno para Estados Unidos es bueno para la General Motors, y viceversa.

Pero, salvo los últimos, aunque brutales, coletazos de la caza de brujas, como la ejecución del matrimonio Rosenberg (1953), la política norteamericana durante el doble mandato republicano (1952-1960) se pareció poco a lo que muchos esperaban a principios de 1953, cuando el general Eisenhower tomó posesión de su cargo. Tanto el macartismo como la Guerra de Corce encaraban su última etapa, una doble circunstancia que, junto a la muerte de Stalin y el comienzo de la desestalinización, permitió estabilizar las relaciones entre las dos superpotencias, obligadas a cuestionar algunos de los análisis más radicales y simplistas del enfrentamiento Este/Oeste. De todas formas, la política exterior norteamericana se mantuvo vigilante frente a cualquier deslizamiento no deseado en las zonas consideradas sensibles, como Oriente Medio, Extremo Oriente o Centroamérica.

En 1954, la CIA alentaba una revuelta militar en Guatemala en contra del gobierno democrático de Jacobo Arbenz, cuya ambiciosa reforma agraria había acarreado la expropiación de las grandes propiedades que la United Fruit Company tenía en el país. La actuación de la CIA por medio de mercenarios y militares golpistas provocó la caída del gobierno reformista de Arbenz y la formación de una junta militar que, además de instaurar un régimen de terror, se apresuró a devolver sus tierras a la United Fruit Company. En Guatemala salió a relucir, pues, la estrecha conexión entre la administración de Eisenhower y el gran capital norteamericano, patente en la relación profesional que la United Fruit Company había mantenido con el despacho de abogados del secretario de Estado, y, como tal, jefe de la diplomacia estadounidense, John Foster Dulles. En otros escenarios de la Guerra Fría, el deshielo posterior a la muerte de Stalin no impidió que Estados Unidos mantuviera una actitud cada vez más activa.

La disminución de la tensión internacional tras el fin de la Guerra de Corea otorgó mayor protagonismo a la política interior norteamericana. El programa electoral de los republicanos en 1952 -equilibrio presupuestario, reducción de la presión fiscal y desregulación de distintos sectores, como el petrolífero o la construcción- implicaba una revisión a fondo de los principios intervencionistas que habían guiado la política social y económica de los gobiernos federales en las últimas dos décadas. Pero, por diversas razones -una de ellas, la existencia de una mayoría demócrata en el Congreso-, la política económica de la administración de Eisenhower dejó en pie, e incluso actualizó, una buena parte de la anterior legislación demócrata. El propósito, anunciado a bombo y platillo, de recuperar el equilibrio del presupuesto federal y acabar con el déficit público no tardó en chocar con la cruda realidad de que el Estado de bienestar y, sobre todo, la Guerra Fría resultaban muy caros. Si en 1957 la administración de Eisenhower presentaba ante el Congreso el mayor presupuesto de la historia en tiempos de paz, dos años después tenía que reconocer el mayor déficit también en tiempos de paz. En 1960, los gastos en defensa representaban el 52,2% del presupuesto federal y el 10% del PNB.

Aunque el Estado de bienestar no tuvo nunca en Estados Unidos las dimensiones que alcanzaría en Europa, en la política norteamericana se dio, sin embargo, un fenómeno característico del viejo continente en la llamada Edad dorada, una suerte de pacto no escrito en virtud del cual la izquierda del sistema -la socialdemocracia en Europa, los demócratas en Estados Unidos- asumía hasta sus últimas consecuencias el discurso atlantista y anticomunista de la Guerra Fría, mientras la derecha -los republicanos en Estados Unidos, la democracia cristiana o los conservadores en Europa- hacían suyos el Estado de bienestar y la política social y fiscal que de él se derivaba. Así lo indican algunas medidas sociales adoptadas durante el doble mandato de Eisenhower: nueva ampliación de la seguridad social, extensión del seguro de desempleo a cuatro millones de nuevos beneficiarios, aumento del salario mínimo, subvenciones a los agricultores, ayudas a la construcción de viviendas sociales, programa federal de construcción de carreteras, etc. La creación en 1953 de un departamento ministerial de sanidad, educación y bienestar, que sería dirigido por una mujer, daba ya la pauta de una política social activa que algunos miembros del partido republicano consideraron más propia de una administración demócrata que republicana.

No es de extrañar que la tendencia de los poderes públicos a generalizar y reforzar los derechos sociales, así como la creciente terciarización del aparato productivo y el consiguiente desarrollo de una clase media acomodada, se tradujeran en un estancamiento de la afiliación sindical y en una orientación cada vez más conservadora y corporativista de los grandes sindicatos norteamericanos. El hecho de que en 1956 el número de empleados y oficinistas superara por primera vez al de los trabajadores industriales indica la profundidad de los cambios sociales que se estaban produciendo en Estados Unidos y, en general, en el mundo occidental. No debe sorprendernos, por ello, dada la importancia electoral de esos sectores intermedios y acomodados de la sociedad, que las diferencias políticas y programáticas entre los dos grandes partidos se fueran reduciendo hasta el punto de que sus propuestas llegaran a ser equivalentes e intercambiables. Así, mientras en las elecciones presidenciales de 1956 el presidente Eisenhower consiguió su reelección con una cómoda victoria sobre el candidato demócrata -35.590.000 votos por 26.000.000-, en las legislativas de ese mismo año los demócratas consolidaron su mayoría en el Congreso: 233 escaños por 200 de los republicanos en la Cámara de Representantes o cámara baja en el sistema parlamentario norteamericano, y 49 senadores demócratas por 47 republicanos en la cámara alta.

Mención aparte merecen tanto la política contra la segregación racial como los disturbios que, por tal motivo, se produjeron en Estados Unidos a lo largo de estos años en una escalada de movilizaciones y represión que llegaría a su apogeo en la década siguiente. La segregación estaba siendo sometida en los últimos años a una selectiva revisión por parte de los distintos poderes federales. Así, la abolición por Truman, en 1948, de la segregación en el ejército, y, por tanto, la integración de negros y blancos en las mismas unidades sin distinción de raza, supuso un avance de indudable trascendencia y de cierto riesgo, teniendo en cuenta la mentalidad conservadora de los mandos del ejército, muchos de ellos originarios de los estados del Sur. Pero el principal desencadenante de esta nueva fase en la vieja lucha contra la segregación fue la sentencia del Tribunal Supremo en 1954 en favor de la integración racial en las escuelas, pues, según la sentencia, la separación de blancos y negros en las escuelas públicas dejaba a estos últimos en inferioridad de condiciones. Tal como ocurriría en situaciones similares en los años sesenta, el problema se produjo por la resistencia de las autoridades de algunos estados del Sur a cumplir la sentencia. El caso más grave tuvo lugar en Arkansas en la apertura del curso 1957-1958, cuando el propio gobernador del Estado impidió que los alumnos negros pudieran entrar en las escuelas de Little Rock, la capital del Estado. El presidente Eisenhower tuvo que enviar tropas federales para restaurar el orden, proteger a los negros y hacer cumplir lo dispuesto por el Tribunal Supremo. El caso planteó un grave problema institucional al enfrentar abiertamente a la autoridad federal y al gobernador del Estado, que fue reelegido poco después de estos hechos con el apoyo mayoritario de la población blanca. Cuatro años más tarde, menos del 7% de los niños negros estaban escolarizados en escuelas integradas, y, todavía en 1963, la célebre sentencia contra la segregación en las escuelas seguía sin cumplirse en los principales estados sureños.

Pero el conflicto institucional era sólo una parte del problema. Amplios sectores de la población blanca se movilizaban violentamente para impedir el ejercicio por parte de los negros de los derechos que les reconocían los tribunales, como cuando en 1956 estudiantes y ciudadanos blancos se opusieron a la admisión en la Universidad de Tusca-Ioosa, Alabama, de una estudiante de color. La limitación objetiva de los derechos de los negros afectaba también a sus derechos electorales, que en los estados del Sur se veían frecuentemente conculcados por diversos procedimientos como, por ejemplo, por la exigencia del pago de un impuesto (poll tax) como requisito imprescindible para poder votar. Se entiende, así, que, a principios de los años sesenta, sólo el 6, 1 % de los negros del Estado de Mississippi en edad electoral y el 13,7% de los de Alabama se inscribieran en el censo. En los otros estados sureños, los negros inscritos llegaban, como mucho, al 40% de los electores potenciales.

Todo ello contribuyó a desarrollar en la población negra una conciencia colectiva que iba tomando forma por impulsos de muy diversa índole -el reconocimiento por los tribunales de sus derechos civiles, pero también la persistencia de una fuerte discriminación cotidiana-, y que se fue traduciendo en gestos individuales de un enorme simbolismo, como el que en 1955 protagonizó en Montgomery, Alabama, una mujer negra que se negó a respetar la segregación racial en los autobuses públicos. La lucha contra el racismo avanzaba, pues, en un doble frente: de un lado, la batalla jurídica que se libraba en los tribunales contra los residuos legales de la discriminación y, de otro, la movilización pacífica -sentadas, boicots, manifestaciones- de sectores cada vez más numerosos de la población negra, muy influidos por la experiencia del Tercer Mundo y por algunos de sus líderes en su emancipación del secular dominio del hombre blanco. Conviene recordar que entre 1957 y 1965 treinta y seis antiguas colonias africanas alcanzaron la independencia y se convirtieron en estados soberanos. La presencia de representantes afroamericanos en la Conferencia de Bandung ilustra esa conexión entre ambos movimientos, lo mismo que el ejemplo que Gandhi y su no-violencia aportaron a los principales líderes negros norteamericanos, como el joven Martin Luther King. La lucha contra la segregación racial constituye, junto a la génesis de la guerra de Vietnam, una parte fundamental del legado que la era Eisenhower dejará para la década siguiente.

Un factor que, con los ya señalados, intervino decisivamente en la toma de conciencia de la población negra fue el aumento a lo largo de los años cincuenta de las desigualdades laborales y económicas entre blancos y negros. Estos últimos fueron las principales víctimas de las disfunciones del sistema económico, que sufrió varios amagos de recesión durante la posguerra, pese al buen tono general de la economía norteamericana. El paro de los trabajadores negros, empleados sobre todo en el sector industrial y en los oficios menos cualificados, llegó al 12,6% en 1958 y se estabilizó en torno al 10% en los años siguientes, lo que equivalía al doble de la tasa de desempleo de los trabajadores blancos y a más del doble del paro registrado entre los negros a principios de la década. Su nivel de renta sufrió asimismo un paulatino deterioro, que resultaba más llamativo por contraste con el inusitado bienestar del que disfrutaban las clases medias blancas desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Los años cincuenta marcaron el apogeo del American way of life, antes de que los movimientos juveniles y contestatarios de los sesenta pusieran en crisis este modelo de vida, aunque el movimiento beatnik y algunos iconos de gran impacto popular, como los actores James Dean y Marlon Brando, encarnación de un temprano inconformismo juvenil, anticiparían la futura revuelta contra la sociedad de la opulencia. El bienestar material transformó radicalmente la vida cotidiana y el propio paisaje de las ciudades estadounidenses hasta crear un estereotipo del estilo de vida americano, profusamente divulgado por el cine, la televisión y la publicidad, que ha perdurado hasta nuestros días. Precisamente, la publicidad se convirtió en un fiel indicador del triunfo de la sociedad de consumo y de sus iconos más representativos. Entre los grandes clientes de las firmas publicitarias estaban, naturalmente, los fabricantes de automóviles, como la General Motors, que gastó 162 millones de dólares en publicidad en 1955. Mucho más modesta, pero no menos significativa, es la inversión que, por el mismo concepto y en el mismo año, hizo la marca Alka-setzer -nueve millones de dólares-, todo un síntoma de uno de los males inherentes a la sociedad de la opulencia: el problema de digerir tanta abundancia. El boom del sector publicitario resulta revelador, asimismo, del imparable crecimiento del sector terciario, en detrimento de las actividades económicas más tradicionales, y de la omnipresencia de los modernos medios de comunicación audiovisual, algunos de ellos incorporados al automóvil, como la radio y, en cierta forma, el cine, gracias a los grandes recintos al aire libre.

El protagonismo del automóvil en el estilo de vida americano se vio reforzado por el desarrollo de las zonas residenciales fuera de las ciudades, los llamados levittowns, que toman su nombre del arquitecto William Levitt. Las creaciones de Levitt, como los barrios que diseñó en las afueras de Nueva York, en Filadelfia o en Nueva Jersey, eran barrios amplios de viviendas unifamiliares alejados del viejo centro urbano. Los levittowns tendieron a ser autosuficientes por la construcción de grandes zonas comerciales, iglesias, cines, colegios y equipamientos de todo tipo. De todas formas, los largos desplazamientos, incluso dentro de la urbanización, hacían del coche particular un bien insustituible, sobre todo para desplazarse al trabajo, por lo que el ideal de crear un hábitat autosuficiente se cumplía sólo a medias. Se ha señalado, asimismo, la paradoja que entraña esta concepción de la vida comunitaria tan emblemático del American way of life, porque si, de un lado, representa la quintaesencia de la vida familiar, del individualismo y de la América wasp -protestante, blanca y anglosajona-, de otro, la uniformidad de los barrios, la falta de separación entre los jardines de las viviendas y la necesidad de compartir ciertos servicios conferían un carácter marcadamente gregario al estilo de vida creado por los levittowns . La incesante incorporación de la mujer al mercado laboral, y, en particular, de las mujeres casadas -en 1960 trabaja el 30% de ellas, el doble que en 1940-, trastocará también algunos patrones tradicionales de la vida americana.

Estados Unidos vivió la llamada Edad dorada -un fenómeno que, como hemos visto, afecta a todo el mundo desarrollado- como una época de extraordinario bienestar, ensombrecida por las tensiones raciales, por la existencia de grandes bolsas de paro y de pobreza, sobre todo entre los negros, y por los temores derivados de la Guerra Fría. En 1958, un discípulo de Keynes, llamado a ser también un clásico de la economía mundial, John Kenneth Galbraith, formuló un certero diagnóstico de la sociedad norteamericana en su libro La sociedad de la abundancia, un título que es una definición en sí mismo del estado de un país que aún no había probado los sinsabores de la Guerra de Vietnam y del cambio generacional de los sesenta y que disfrutaba de un liderazgo incontestable que iba más allá incluso de los límites del mundo occidental, como prueba el hecho de que en 1955, con un 6% de la población del planeta, Estados Unidos dispusiera del 50% de la riqueza mundial. Otros datos resultan igualmente elocuentes. La producción de energía eléctrica se incremento en un 340% entre 1940 y 1959 como consecuencia del crecimiento económico, del espectacular aumento de la población del país, que pasó de 123 millones en 1940 a 179 en 1960, y de la irrupción de los electrodomésticos en la mayoría de los hogares norteamericanos: en 1956, el 81% de las familias disponía de televisor, el 96% de frigorífico, el 67% de aspiradora y el 89% de lavadora. En 1960, había en Estados Unidos un automóvil por cada 2,92 habitantes. No cabe duda de que la sociedad de la abundancia es, pese a la persistencia de graves desigualdades sociales y raciales, una expresión representativa de toda una realidad cotidiana.

El rey de los electrodomésticos era, sin duda, el televisor, que alcanza su primera madurez a finales de los cincuenta. Lo indica el crecimiento que experimentó el número de receptores -45 millones en 1960 y una estimación de cinco horas de consumo diario por familia-, pero también el papel estelar que se le atribuyó en las elecciones presidenciales de 1960 que dieron la victoria a John F. Kennedy. Ese protagonismo de la televisión es uno de los factores que hacen de las presidenciales de aquel año uno de los principales hitos de la historia electoral de Estados Unidos. Otras circunstancias que dieron especial relieve a aquellas elecciones fueron la personalidad legendaria del vencedor la vuelta de los demócratas al poder y el cambio de ciclo -cambio generacional, por lo pronto- que representó la victoria de Kennedy.

Resulta difícil valorar la importancia histórica de John Kennedy haciendo abstracción de la singularidad de su figura, mezcla, como en otros miembros de su célebre familia, de mito, fatalidad y glamour. Mientras historiadores como Bernard Droz, Anthony Rowley, Paul Johnson o Eric Hobsbawm se inclinan abiertamente por la desmitificación -Hobsbawm lo ha calificado como "el presidente norteamericano más sobrevalorado de este siglo"-, no faltan tampoco quienes, admitiendo el efecto distorsionante que su carisma y su muerte ejercen sobre su figura, atribuyen un significado particular a su elección en 1960, como resultado de una sincera voluntad de cambio, tras el conformismo y el conservadurismo de la era Eisenhower, y como expresión de un fenómeno de gran trascendencia: la reconciliación de los intectuales y los políticos, plasmada en el apoyo que buena parte del mundo del espectáculo, tan castigado por el macartismo, y de las elites académicas y culturales prestó al candidato demócrata.

John E Kennedy (1917-1963) pertenecía a una adinerada familia bostoniana, católica, de origen irlandés, integrada por grandes triunfadores en la política y en los negocios, y que, sin embargo, en su vida particular, parecían perseguidos por alguna fatalidad y por la leyenda negra de su turbulenta vida sentimental. John Fitzgerald, hijo de un afamado político y diplomático, respondía cabalmente a la imagen pública de los Kennedy. Graduado en Harvard en 1940, sirvió en la marina durante la Segunda Guerra Mundial, en la que protagonizó algún gesto heroico, y poco después inició su fulgurante carrera política. Desde que en 1946, con veintinueve años, fue elegido miembro de la Cámara de Representantes ganó todas las elecciones a las que se presentó. Mientras tanto, su libro Profiles in Courage -un repertorio de edificantes biografías de políticos americanos, del que se vendieron 700.000 ejemplares- le valía el premio Pulitzer y su boda con Jacqueline Bouvier se convertía en un gran acontecimiento social y mediático. Era, lo que se dice, un ganador nato, y su candidatura a la presidencia en 1960 contaba con todo lo necesario para obtener un resultado triunfal. En primer lugar, la sensación de agotamiento del ciclo republicano podía ser un handicap insalvable para un candidato como Nixon, que, en su condición de vicepresidente de Eisenhower, encarnaba una opción aparentemente continuista. Kennedy, en cambio, a sus cuarenta y tres años -cuatro menos que su rival-, combinaba una acreditada experiencia política con un estilo dinámico y juvenil. El apoyo económico de su familia y la colaboración de un nutrido y cualificado grupo de asesores dieron una enorme consistencia a su campaña. Una imagen personal atractiva, de gran eficacia en la era de la televisión, y un discurso moderno y ambicioso, aunque sumamente vago en muchos aspectos, completaban las principales bazas electorales de Kennedy. Su exhortación al pueblo americano a asumir los retos de la nueva frontera sintonizaba con el afán de superación de distintos sectores sociales e ideológicos, que lo mismo podían sentirse atraídos por una promesa de igualdad racial -el voto negro podía resultar determinante-, que por un programa neorrooseveltiano de lucha contra la pobreza o por el compromiso de plantarle cara al comunismo y de ganarles la carrera espacial a los rusos.

Queda por valorar la influencia de la televisión en el resultado electoral. Por primera vez en la historia, en la campaña de las presidenciales de 1960 se produjeron debates televisados -cuatro, concretamente- entre los dos candidatos, con una audiencia total de 115 millones de espectadores. Es muy posible que la televisión influyera en la altísima participación de aquellas elecciones -62,8% del censo: todo un récord en Estados Unidos-, y algunos sondeos indicarían también una notable capacidad para orientar el voto de los electores. Pero los datos de los estudios demoscópicos realizados entonces no muestran una tendencia definida, a pesar de que la victoria de Kennedy en sus debates televisivos con Nixon resultó aplastante, gracias a la mayor telegenia del candidato demócrata y a las pésimas condiciones -tras un largo viaje, cansado, sin maquillar- en que su rival compareció en algunos de los debates. El hecho incontrovertible es que, con una larga serie de factores jugando a su favor -desde la televisión hasta su imagen y su programa como candidato de la renovación-, el triunfo de Kennedy en las elecciones de 1960 fue el más apretado de la historia de Estados Unidos hasta las celebradas en noviembre de 2000: poco más de 100.000 votos separaron a Kennedy de un rival que parecía tenerlo todo en contra. Ante un resultado que hoy en día parece sorprendente, cabría formular una conclusión que, por tratarse de las inescrutables motivaciones del electorado, debe tomarse con suma cautela: que todos los factores que favorecían a Kennedy -su carisma, su telegenia, el apoyo de intelectuales y artistas, el voto de los negros, la voluntad de cambio- se vieron finalmente contrarrestados por el conformismo y el espíritu de conservación de la sociedad de la abundancia hasta dejar el resultado final casi en tablas. Hay otro posible ejercicio de sumas y restas para entender el resultado obtenido por Kennedy. Mientras su candidatura obtuvo el voto mayoritario de los negros (70%), de los judíos (80%) y, naturalmente, de los católicos (80%), se quedó lejos del 50% en la lucha por el voto protestante -entre el 38% y el 46%, según las diversas fuentes-. Estos datos han llevado a considerar a Kennedy como el candidato de las minorías , una circunstancia que podría percibiese como un cierto déficit de legitimidad y que explicaría, seguramente, algunos arriesgados golpes de efecto de su breve mandato. Tal vez con esos gestos audaces, como su actuación en la crisis de los mísiles, pretendió congraciarse con aquellos sectores conservadores y mesocráticos de la sociedad americana que le habían dado la espalda en 1960.