Material para los alumnos de 1º Año de Bachillerato Diversificado del Plan 1994, Modalidad Semestral.Página personal de Julio Mazzilli, profesor de la Asignatura Historia; correspondiente al primer año del Bachillerato Diversificado del Instituto "Dámaso Antonio Larrañaga" - Nocturno

viernes, 21 de agosto de 2009

Aportes de los compañeros para la sumativa

1er. ejercicio:

¿qué tienen en común el proceso de las "batas blancas " de 1952 y la red de campos de concentración conoocida como Archipiélago Gulag?

Respuesta de Leonardo A.: En que en ambas ocurrieron exterminio de personas por persecusión del gobierno de Stalin. Ya sea por ideologia, clase social o raza.

2do. ejercicio para ir preparando la primera sumativa:

En el repartido de clase dice "A todo ello se sumaba el impacto que la Gran Depresión tuvo sobre la relación económica tradicional entre las viejas colonias y las metrópolis europeas..." ,

¿Qué es "A todo ello..."?

Respuesta de Alvaro: Los principios teóricos, proclamados por la Carta de San Francisco de 1945, sobre los que debía asentarse el nuevo orden mundial implicaban una deslegitimación sin paliativos del antiguo sistema colonial.

Mi comentario: Alvaro, esta es una de la parte de "todo ello", faltan algunas más-

martes, 18 de agosto de 2009

Clase del 1º de setiembre

El nacimiento del Mercado Común Europeo

La idea de crear unos Estados Unidos de Europa que integraran en unas mismas instituciones a pueblos enfrentados durante siglos tiene una larga trayectoria, generalmente vinculada al discurso de las elites de algunos países de Europa occidental. El proyecto cobró un gran impulso entre las dos Guerras Mundiales. La conciencia de que la Gran Guerra había sido una guerra civil europea y el deseo de evitar una catástrofe similar llevaron a algunos intelectuales liberales, como el español José Ortega y Gasset, el francés Julien Benda y el economista británico John M. Keynes, a defender la institucionalización de ese viejo ideal europeísta, renovado por la necesidad de dar respuesta a los nuevos desafíos que Europa tenía planteados: el carácter crónico y devastador del enfrentamiento franco-alemán, el ascenso imparable de Estados Unidos como superpotencia mundial en detrimento de las antiguas potencias europeas y la supuesta amenaza que para la civilización occidental representaba el triunfo del comunismo en Rusia. La celebración en Viena, en 1926, del Primer Congreso Paneuropeo, con participación de dos mil invitados procedentes de veinticuatro países, supuso un hito histórico en la concreción del viejo ideal de los Estados Unidos de Europa, una fórmula que empezaba a resultar familiar a la opinión pública del continente. El teatro vienés en el que tuvo lugar el congreso se adornó para la ocasión con retratos de Kant, Napoleón, Mazzini, Víctor Hugo y Nietzsche, entre otros supuestos precursores de la unidad europea, en su mayoría, escritores y filósofos. Esta curiosa iconografía europeísta muestra tanto la voluntad de alcanzar un prudente equilibrio entre las grandes naciones europeas, como el carácter marcadamente intelectual de aquel movimiento.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la marcha hacia alguna forma de unión europea se hizo ya irreversible, aunque tardó todavía algún tiempo en concretarse y, sobre todo. en rebasar el ámbito económico. Si el nuevo orden mundial favorecía la creación de organismos supranacionales, la reconstrucción europea hacía especialmente necesaria la coordinación de los esfuerzos colectivos y la adecuada distribución de los recursos disponibles. A tal fin, se creó en 1948 la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), antecedente de la actual OCDE, organismo que debía canalizar con la mayor eficacia y celeridad posible la ayuda norteamericana prevista en el Plan Marshall, y que fue concebido en su origen como una especie de ministerio europeo de economía, encargado de impartir directrices precisas a los gobiernos nacionales. La constitución un año después del Consejo de Europa fue el contrapunto político a la adopción de un sistema de cooperación económica, inicialmente subordinado a la ayuda norteamericana, que marchó en paralelo con la realización del viejo proyecto de una unión política europea. De todas formas, tanto el escaso contenido real de los órganos más representativos del europeísmo político -ya sea el Movimiento Europeo, creado en 1947, o el propio Consejo de Europa-, como las enormes dificultades con que se encontró el intento de crear un sistema de defensa europeo -Comunidad Europea de Defensa- favorecerían un desplazamiento del proyecto comunitario al ámbito económico.

Se perfilaban así las principales líneas maestras de un complicado proceso de integración política y económica que, al cabo de más de medio siglo, está lejos de haberse completado, y cuyos rasgos generales se pueden enumerar de la siguiente forma:

1. La existencia de dos proyectos de integración, e incluso de dos concepciones de Europa, relativamente diferenciados: el federalista, que hacía hincapié en la naturaleza política e institucional de la unión europea, y el llamado funcionalista, que hacía de la economía el motor de la unificación.
2. La importancia decisiva del eje franco-alemán en todo el proceso de construcción de la unión europea y, al mismo tiempo, el papel marginal desempeñado por el Reino Unido, cuya incorporación al proyecto fue tardía e incompleta.
3. La relación ambivalente que ha existido, desde el principio, entre la Comunidad Europea y Estados Unidos, pues si, en un primer momento, el proyecto era inseparable de la política norteamericana de contención del comunismo, la unión europea fue creciendo como un espacio relativamente autónomo ante los grandes polos de poder económico, militar y político de la Guerra Fría. La Europa comunitaria, tal como la entendió, por ejemplo, el presidente francés Charles de Gaulle, debía preservar la independencia del viejo continente frente al expansionismo norteamericano y su enorme potencial económico, tecnológico y cultural. En gran medida, el doble veto francés al Reino Unido en los años sesenta se justificaría por las suspicacias de De Gaulle ante un país cuya supuesta subordinación a los intereses norteamericanos podía desnaturalizar gravemente el proyecto europeo.

Fue, precisamente, un antiguo colaborador del general De Gaulle en los duros tiempos de la Segunda Guerra Mundial, el economista Jean Monnet, el principal artífice de la futura Comunidad Económica Europea. Ministro de Comercio francés en la inmediata posguerra, Monnet sentó las bases de la reconstrucción de la economía francesa participó decisivamente en la elaboración del Plan Schuman, que toma su nombre del presidente francés Robert Schuman y que dio origen en 1951 a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) formada por Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, RFA e Italia, y primer paso hacia una unión aduanera de estos seis países. La negativa del Reino Unido a incorporarse a la CECA y la coincidencia en este proyecto de Francia y Alemania Federal estaban cargadas de simbolismo. En 1956, Jean Monnet, que había presidido la CECA en sus tres primeros años de existencia, impulsó la creación de un comité para el nacimiento de unos Estados Unidos de Europa. Pero sus convicciones europeístas no tardaron en chocar con la resistencia de los principales líderes europeos, partidarios de un planteamiento más prudente y pragmático, por lo que la unión política se fue desarrollando a remolque de una progresiva vertebración económica.

La fecha clave para esta última sería el año 1957, con la firma del Tratado de Roma por los seis países miembros de la CECA. Con la creación de la Comunidad Económica Europea o Mercado Común, tal como se denominó en sus primeros años, surgía una gran potencia económica y demográfica, que había superado con éxito la fase de reconstrucción de las economías nacionales y emergía con fuerza, gracias a su renovado dinamismo industrial y tecnológico, frente a las superpotencias mundiales. Se instauraba así una unión aduanera que iba acompañada de una política comercial común y de la libertad de circulación de bienes, servicios, capitales y trabajadores. El Tratado de Roma tenía también una vertiente política e institucional: se creaba un Parlamento Europeo, que hasta 1979 sería elegido por los parlamentos nacionales, y un Tribunal de Justicia que debía velar por el cumplimiento del tratado. Al mismo tiempo, se ponía en marcha el EURATOM (Comisión para la Energía Atómica Europea) con el fin de coordinar la investigación de los países miembros de la CEE en un ámbito crucial para el desarrollo tecnológico e industrial como era la energía atómica.

En 1959, es decir, dos años después de la firma del Tratado de Roma, un grupo de países europeos liderados por Gran Bretaña creó la EFTA (European Free Trade Association) como alternativa al recién constituido Mercado Común. Se trataba, como en este caso, de integrar las economías de los países miembros en un espacio de libre comercio de grandes dimensiones, pero disperso, formado inicialmente por Gran Bretaña, Dinamarca, Noruega, Suecia, Portugal, Austria y Suiza, a los que en 1961 se incorporó Finlandia y en 1969, Islandia. El proyecto tenía objetivos menos ambiciosos que el Mercado Común, cuyo éxito puso rápidamente en crisis la confianza en la EFTA como contrapeso comercial a la Europa de los Seis, que a partir de los años setenta se convirtió definitivamente en el núcleo vertebrador de una unión económica y política del viejo continente.

Clase del 27 de agosto de 2009 (ejercicio domiciliario)

El Tercer Mundo y América Latina
La bipolaridad que preside la historia de la humanidad durante la Guerra Fría registra, no obstante, diversos intentos, más o menos logrados, de crear espacios intermedios capaces de servir de referencia para la superación de la política de bloques. Esa función es la que pretendió representar el movimiento de países no alineados, la mayoría surgidos de la descolonización y estrechamente ligados al concepto de Tercer Mundo. Existe una amplia coincidencia en el nombre del demógrafo francés Alfred Sauvy como creador del término Tercer Mundo, que habría utilizado por primera vez en un artículo publicado en 1952, aunque se ha atribuido también, sin aportar mayores detalles, al líder comunista chino Mao Tse-tung . La expresión, en todo caso, tiene dos acepciones perfectamente complementarias: el Tercer Mundo sería la alternativa a un mundo partido en dos por la supremacía del mundo capitalista y del mundo comunista en sus respectivos hemisferios; por otra parte, el concepto, tal como lo definió Alfred Sauvy, vendría a ser la adaptación a la realidad histórica surgida de la descolonización del concepto de tercer estado con el que, en vísperas de la Revolución Francesa de 1789, se definió al estado llano, es decir, a todos aquellos que en la sociedad del Antiguo Régimen no eran nada y querían empezar a contar en la historia.

La cambiante realidad histórica del último medio siglo ha ido modificando también su significado, siempre dinámico y polisémico. En una primera etapa, el Tercer Mundo fue principalmente la suma de dos factores: Guerra Fría y descolonización. Una vez completada esta última a principios de los años sesenta, con la independencia del África sub-sahariana, adquirió especial relevancia el subdesarrollo crónico de algunos de estos países, pues aunque el concepto de subdesarrollo era muy anterior -parece que fue utilizado por el presidente Truman en 1949 y teorizado por el economista norteamericano W.W. Rostow en 1952, el estancamiento económico de aquellos países y el fracaso del modelo occidental de modernización hicieron del subdesarrollo un elemento inherente al Tercer Mundo. Otros factores comunes a muchos de estos países afroasiáticos y latinoamericanos, como el imparable crecimiento demográfico, el carácter recurrente de las hombrunas y epidemias, la inestabilidad política en forma de golpes de Estado militares y la actividad guerrillera, serían más bien manifestaciones de una postración económica que se ha imputado a distintas causas, desde la permanencia de mecanismos neocoloniales de empobrecimiento de estas regiones, privadas de sus fuentes de riqueza más preciadas, hasta la injerencia de las grandes potencias durante la Guerra Fría en el devenir de los nuevos Estados soberanos.

El concepto y la tipología del Tercer Mundo seguirían evolucionando al hilo de los acontecimientos posteriores. La crisis del petróleo de los años setenta traería consigo el enriquecimiento, en algunos casos efímero, de los grandes productores de petróleo integrantes del Tercer Mundo y la rápida incorporación de algunos países de Extremo Oriente a la revolución industrial propiciada por las nuevas tecnologías. El concepto entraba así en una profunda crisis, que algunos consideraron irreversible, por la gran disparidad de situaciones que se registraban en su interior entre el impresionante desarrollo de los nuevos países industrializados (NIC) y el imparable empobrecimiento de los países del llamado Cuarto Mundo. Es lo que un reputado especialista en la materia, Nigel Harris, llamó en 1987 "el fin del Tercer Mundo" . Finalmente, el derrumbe del socialismo real en 1989, además de eliminar la bipolaridad como elemento definitorio del concepto, sacaría a la luz la existencia en algunos de los antiguos países comunistas de un nivel de pobreza y subdesarrollo propio del Tercer Mundo, ampliado de esta forma a una parte de Europa oriental. En todo caso, la deriva que ha seguido a lo largo de este medio siglo aboca a una definición muy sumaria y descriptiva, estrechamente ligada al subdesarrollo con todo su corolario de escasez, enfermedades, hambre, guerras y superpoblación. El contorno del Tercer Mundo se correspondería, en definitiva, con lo que el sociólogo brasileño Josué de Castro llamó la geografía de la pobreza en un libro del mismo título.

Nada de todo ello era previsible cuando en abril de 1955 se celebró en Bandung, Indonesia, la conferencia del mismo nombre con participación de veinticinco países, en su mayor parte asiáticos, pertenecientes al Tercer Mundo, además de algunas organizaciones, como el ilegal Congreso Nacional Africano de la República Sudafricana, que asistieron como observadores. La Conferencia de Bandung pretendió ser la presentación ante el mundo de un nuevo sujeto colectivo de la historia contemporánea integrado por países que habían alcanzado recientemente su independencia y aspiraban a participar con un papel protagonista en el concierto de las naciones. Los principales promotores de esta "primera cumbre del Tercer Mundo" fueron los presidentes de Birmania, Indonesia -cuyo líder, Sukarno, ejerció de anfitrión-, Ceilán, India y Pakistán, coincidentes en la voluntad de afirmar la personalidad histórica de los nuevos Estados soberanos frente a los dos grandes bloques mundiales y, sobre todo, frente a las antiguas metrópolis europeas. El mundo vivía entonces un momento de transición entre la descolonización asiática, prácticamente completada un año antes con el fin de la guerra de Indochina, y la gran oleada descolonizadora del África negra de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. Transición también entre dos de los principales conflictos de la Guerra Fría -la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam-, lo que sitúa la Conferencia de Bandung en un contexto de deshielo de la política mundial y de sensible y efímera disminución de la tensión en Extremo Oriente.

En el desarrollo de las sesiones se puso de manifiesto un consenso general en contra del colonialismo y de la bipolaridad mundial, pero también la existencia de intereses y tendencias difícilmente compatibles entre los países participantes, pues mientras algunos de ellos, como Filipinas o Pakistán, estaban integrados en la SEATO -organización pro occidental equivalente a la OTAN-, otros países, como China y Vietnam del Norte, pertenecían al bloque comunista o mantenían, como la India, excelentes relaciones con él. La resolución final recogió una condena tajante del "colonialismo en todas sus manifestaciones", pero la propia fórmula, propuesta por el líder indio Krishna Menon, escondía profundas diferencias sobre el origen, comunista o capitalista, del "colonialismo" que era objeto de condena. Así pues, pese a que Bandung marcó el nacimiento oficioso del movimiento de países no alineados, en su interior eran perfectamente reconocibles la línea divisoria de la Guerra Fría y algunos graves contenciosos bilaterales, como el que enfrentaba a India y Pakistán en la región de Cachemira. La unanimidad en el uso de una retórica anticolonial y antibloques se hizo patente en los cinco principios finalmente suscritos por los países participantes: no agresión, respeto a la soberanía de los otros Estados, no injerencia en los asuntos internos, igualdad y neutralidad frente a la política de bloques. Este corpus doctrinal pudo servir como referencia a otros movimientos anticoloniales en curso y para la propagación de un sentimiento de autoestima entre los pueblos recién independizados, pero no bastó para dar al Tercer Mundo la fuerza política que correspondía a su peso demográfico a escala planetario. En todo caso, la Conferencia de Bandung ejerció una notable influencia en la descolonización del África subsahariana y puso en marcha el llamado movimiento de países no alineados, constituido como tal a partir de la celebración de la Conferencia de Belgrado de 1961, con el mariscal Tito como uno de sus principales inspiradores.

La ausencia en Bandung de los países latinoamericanos resulta sintomático del particular estado de estos países, situados fuera del marco, todavía difuso, del Tercer Mundo. La independencia de la mayoría de ellos se remontaba a principios del siglo xix y, por tanto, difícilmente se podían identificar con la causa de los pueblos recién emancipados de sus metrópolis. Su antigüedad como Estados soberanos era mayor, incluso, que la de algunos países europeos, como Polonia, Bélgica o Irlanda. Una economía boyante, por lo menos en un pasado reciente, y, en algunos casos, el origen europeo de la mayor parte de la población contribuían asimismo a crear en muchas naciones latinoamericanas una conciencia nítidamente diferenciada de aquello que el Tercer Mundo empezaba a representar.

Pero diversas circunstancias desencadenaron en el subcontinente un doble proceso de declive económico e inestabilidad política que lo fue alejando de los parámetros de bienestar del mundo desarrollado en los que se habían movido muchos de estos países. Entre esos factores negativos destaca la brusca caída, a partir de los años treinta, de los precios de los productos agrícolas y de las materias primas -café, cobre, salitre, carne, trigo-, cuya exportación a los países desarrollados constituía su principal fuente de riqueza. Ante la adversa situación de los mercados internacionales, que sólo se recuperaron temporalmente gracias a la Segunda Guerra Mundial, hubo intentos de diversificación de las economías nacionales y de industrialización acelerada promovida por el Estado, como en Brasil, Méjico y Argentina. De una u otra forma, se impuso una tendencia hacia el nacionalismo económico y político, con ribetes populistas y autoritarios. La tradición constitucional se vio frecuentemente quebrada por la sucesión de gobiernos de fuerza. Fueron muy pocos los países que escaparon a la tónica general, y entre ellos Méjico representa, sin duda, la excepción más llamativa, pues la década de los cuarenta, con la creación del PRI (Partido Revolucionario Institucional) como virtual partido único (1946), supuso la consolidación, pero también, hasta cierto punto, la desnaturalización, del régimen nacido de la Revolución Zapatista.

La larga dictadura de Getulio Vargas en Brasil, en sus dos etapas (1930-1945 y 1951-1954), ofrece un caso paradigmático de la génesis y naturaleza de las dictaduras de nuevo cuño, hijas de la crisis económica y social desencadenada en Brasil por el hundimiento del precio del café tras el crash del 29, y promotores de alternativas autárquicas e intervencionistas ante la quiebra de un modelo de desarrollo basado en la agricultura de exportación. El Estado Novo de Getulio Vargas incorporó además formas de movilización y cohesión social propias de los fascismos de entreguerras, pero con unos tintes populistas y antiimperialistas que acabaron enfrentándolo con Estados Unidos, artífice de su caída del poder en 1945. Algo similar podría decirse del régimen presidido por el general Juan Domingo Perón en Argentina entre 1946 y 1955. El peronismo sería una de las formas más logradas del populismo latinoamericano de mediados de siglo, gracias a una pasajera recuperación económica, al éxito a corto plazo de su política intervencionista y autárquico y a la imagen mesiánica y melodramática de la mujer de Perón, Eva Duarte, principal engarce entre el régimen y los desheredados -los descamisados, en la retórica peronista-. La devoción de Perón por los fascismos europeos forma parte esencial del peculiar acervo ideológico del personaje y su régimen.

Pero no fue el único de los caudillos populistas del continente en sentirse atraído por las fuerzas derrotadas en la Segunda Guerra Mundial. Dirigentes reformistas, próximos a la izquierda, como Jorge Gaitán en Colombia y Paz Estensoro en Bolivia, que disolvió el ejército y nacionalizó las minas, habían mostrado más o menos abiertamente su simpatía por el Eje. En todo caso, unas veces las presiones estadounidenses, otras la inviabilidad del reformismo populista y casi siempre la intromisión de los militares dieron al traste con estas experiencias y alimentaron el círculo vicioso de golpes de Estado, cuarteladas y pseudorrevoluciones. Perón fue destituido por sus compañeros de armas en 1955 (volvió del exilio como presidente en 1973, para morir poco después), Getulio Vargas se suicidó en 1954, el mismo año en que la CIA acababa en Guatemala con el gobierno reformista del coronel Arbenz, Gaitán fue asesinado en 1948 y a Paz Estensoro le derribó un golpe militar en 1964. Un caso completamente distinto, que se verá más adelante, lo constituye el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba en 1959 y la instauración del régimen revolucionario personificado por Fidel Castro.

Clase del 20 de agosto (para preparar sumativa)

De nuevo Oriente Próximo: la crisis de Suez

En 1956, dos años después del golpe militar de los oficiales libres que derrocó la Monarquía egipcia, el teniente coronel Gamal Abdul Nasser (1918-1970) era nombrado presidente de Egipto, tras formar parte del gobierno militar que sucedió al derrocado rey Faruk. El joven oficial se convirtió así en el hombre fuerte de uno de los primeros países africanos en alcanzar la independencia y, muy pronto, en uno de los principales líderes de los países no alineados. Nasser encarnaba un tipo de militar nacionalista que sería relativamente común en el Tercer Mundo -un espécimen del que hay, por otra parte, numerosos antecedentes históricos, como Mustafá Kemal en Turquía- y que, por diversas circunstancias, actuaría como símbolo y brazo ejecutor de un proyecto político marcadamente anticolonial y antiimperialista y, por ello, antioccidental. El presidente egipcio personificaba, efectivamente, la voluntad de amplios sectores del ejército y del pueblo de lograr una plena soberanía nacional, frente a la falsa soberanía que, a los ojos de muchos, representaba una Monarquía títere de los intereses occidentales. La derrota del ejército egipcio en la primera guerra árabe-israelí (1948) no hizo más que acrecentar el resentimiento hacia la Monarquía, a la que se hacía responsable de aquella humillación.

Ese ideal nacionalista, punto de encuentro entre muchos militares y civiles, se completaría con dos ingredientes ideológicos que acabarían de dar forma al nasserismo: por una parte, el viejo sueño panárabe, basado en la existencia de una única nación árabe artificialmente fragmentada en Estados, un ideal fomentado tiempo atrás por Gran Bretaña, y no sólo por el legendario Lawrence de Arabia, sino, más recientemente, por el Foreign Office en plena Segunda Guerra Mundial; por otra, un socialismo de difícil catalogación, mucho más populista y estatalista, en todo caso, que marxista. Esta heterodoxia del socialismo árabe con arreglo a los cánones europeos no impidió que el curso de los acontecimientos, más el fuerte sentimiento antioccidental del coronel Nasser, fuera arrastrando al líder egipcio hacia posiciones coincidentes con la política exterior de la Unión Soviética. Un hecho de enorme trascendencia en la política internacional fue el anuncio por Nasser, en julio de 1956, de su propósito de nacionalizar la compañía propietaria del canal de Suez, una medida que debía servir, según el gobierno egipcio, para financiar la construcción de la gigantesca presa de Assuán, tras la retirada de los créditos inicialmente concedidos por Estados Unidos. Tal sería la dinámica que, durante mucho tiempo, movería las posiciones en el complicado tablero de Oriente Medio: las represalias occidentales ante la creciente hostilidad del nacionalismo árabe no hacían más que acelerar la aproximación de algunos de estos países (Egipto, Siria, Irak y, posteriormente, Libia) a la órbita de Moscú. La confluencia entre las posiciones soviéticas y árabes en una región cada vez más importante en el desarrollo de la Guerra Fría acabaría decantando a los países occidentales, en general, y a Estados Unidos, en particular, hacia una alianza con Israel, al considerarlo su socio natural en la zona.

Pero los graves acontecimientos provocados por la nacionalización del Canal de Suez demostrarían que el entramado de alianzas tejido en torno al conflicto de Oriente Medio estaba todavía inacabado, especialmente en cuanto al papel de Estados Unidos en el mismo. A finales de octubre de 1956, Inglaterra y Francia, los países afectados por la nacionalización del Canal, decidían enviar un cuerpo expedicionario a la región para recuperar por la fuerza lo que el Estado egipcio, en uso de su potestad soberana, les había arrebatado tres meses antes. En su decisión influyó también el temor británico a una extensión del nasserismo a otros países árabes, en particular a Jordania, donde el líder egipcio contaba ya con numerosos simpatizantes. Este temor era compartido por Israel, que veía con gran inquietud el ostensible rearme del ejército egipcio, equipado con modernos aviones Mig 15 soviéticos, y la escalada de declaraciones y gestos hostiles por parte del gobierno de Nasser, como la prohibición a los barcos israelíes de navegar por el Canal de Suez, además de las continuas y cruentas incursiones en territorio israelí perpetradas por guerrilleros fedayines con base en Egipto (algunas de ellas, sin embargo, fueron provocadas por los propios servicios de seguridad israelíes). El gobierno judío consideró llegado el momento de exhibir su nuevo potencial militar mediante una acción que tuviera un efecto intimidatorio en sus vecinos árabes. Un año antes de la crisis de Suez, el presidente israelí, Moshe Sharett, había amenazado va con lanzar una "guerra preventiva" contra los enemigos del pueblo judío (Fontaine, 1967, II, 264). Las palabras del dirigente israelí respondían a una firme confianza en las posibilidades militares de su país en un nuevo conflicto. Su ejército se había modernizado notablemente desde la fundación del Estado de Israel en 1948 y la primera guerra contra los árabes. Con la reciente adquisición a Francia de tanques AMX 13 y aviones Mystére IV, el ejército israelí empezó a convertirse en un poderosa máquina de guerra, como demostró su ataque contra Egipto a finales de octubre de 1956: en una campaña fulgurante, de apenas cuatro días, los israelíes expulsaron a sus rivales de la península del Sinaí. Mientras tanto, el 5 de noviembre, Inglaterra y Francia enviaban un cuerpo expedicionario al Canal de Suez, en una acción manifiestamente concertada con el alto mando israelí en la que los paracaidistas ingleses y franceses actuaban como una supuesta "fuerza de interposición". La expedición se realizó sin conocimiento previo de Estados Unidos, que no tardó en desautorizar el proceder de los dos gobiernos europeos. El propio presidente Eisenhower expresaría en privado su estupor ante "semejante chapuza".

El éxito de la ofensiva israelí y de la operación aerotransportada anglo-francesa en Suez quedó eclipsado por el rechazo unánime de la comunidad internacional. Por lo pronto, la intervención militar fue condenada sin paliativos por las Naciones Unidas, que dejaron de esta forma aisladas y en evidencia a dos viejas potencias coloniales venidas a menos. La reprobación internacional demostraba, por una parte, el desprestigio del viejo colonialismo en un momento crucial de la descolonización, apenas un año después de la celebración de la conferencia de Bandung, que tanto contribuyó al desarrollo de una conciencia anticolonial entre los antiguos pueblos sometidos. Pero, por otra parte, y no menos importante, la coincidencia de Estados Unidos y la Unión Soviética en la condena de la agresión anglo-francesa ponía de 'Manifiesto la vigencia de un mínimo consenso entre las dos superpotencias, pese a los avatares de la Guerra Fría. Recuérdese que la pasividad occidental en la crisis húngara se interpretó en el mismo sentido. junto al nuevo clima que parecía presidir las relaciones entre los dos colosos mundiales, en pleno deshielo desde el final de la guerra de Corca, la otra gran lección de la crisis del Canal de Suez era la constatación del declive imparable de las viejas potencias europeas, sometidas, como el resto del mundo, a las leyes no escritas de un orden internacional regido por Estados Unidos y la URSS. De las enseñanzas que este episodio dejaba para el futuro tomaron buena nota algunos países europeos, que, como veremos en seguida, aceleraron a partir de entonces la construcción de una entidad europea supranacional concebida como un instrumento que permitiera al viejo continente protegerse de la aplastante hegemonía de las dos superpotencias.

La crisis de Suez, que, por la participación de Israel, suele considerarse como la Segunda Guerra árabe-israelí, se cerró con el desplazamiento a la región de un contingente de cascos azules de las Naciones Unidas como fuerza de interposición y con la retirada israelí del Sinaí. Pese a la ausencia de cambios territoriales, la crisis de 1956 tuvo importantes consecuencias para el posterior desarrollo del conflicto de Oriente Próximo y la definición de la política de alianzas en la región. En primer lugar, significó un claro espaldarazo para el presidente Nasser, que supo convertir un revés militar en una gran victoria diplomática. Su prestigio salió, Pues, doblemente reforzado, como víctima de una agresión neocolonial y sionista y artífice de un triunfo moral sobre los enemigos del pueblo árabe, lo que acabó de consagrarle como líder supremo del nacionalismo panárabe, en franca expansión en la zona, y como uno de los dirigentes más carismáticos del emergente movimiento de países no alineados.

La otra gran vencedora fue la Unión Soviética, reforzada en su discurso apaciguador inaugurado tras la muerte de Stalin y en su papel como aliado exterior de aquellos pueblos árabes, y en general del Tercer Mundo, que buscaban liberarse definitivamente de la dominación occidental. Por último, el desenlace del conflicto llevó a la administración norteamericana a salir de la relativa indefinición que había caracterizado hasta entonces su política en Oriente Medio. Aunque la creación en 1948 de la VI Flota norteamericana, con el Mediterráneo como centro de operaciones, sirve para calibrar el valor estratégico que Estados Unidos concedía a la región, tanto la administración Truman como la primera administración Eisenhower carecieron de una política clara en Oriente Próximo. Cuando en 1955, el primer ministro israelí Ben Gurion se dirigió por escrito al presidente norteamericano pidiendo ayuda para compensar el apoyo militar que Egipto estaba recibiendo de la URSS, se encontró con una respuesta fría y evasiva, sintomático de las enormes dudas que el conflicto árabe-israelí suscitaba todavía en la Casa Blanca. Las cosas empezaron a cambiar tras la crisis de Suez. En el discurso ante el Congreso pronunciado el 5 de enero de 1957 por el presidente Eisenhower, que iniciaba entonces su segundo mandato, quedarían fijados los principios que habrían de guiar en el futuro la actuación norteamericana en la zona: "el vacío actual en Oriente Próximo" debía ser cubierto, según Eisenhower, "por Estados Unidos antes de que lo fuera por la Unión Soviética". La llamada doctrina Eisenhower para Oriente Medio, típico producto de la Guerra Fría como una guerra deposiciones en el tablero mundial, suponía introducir los sucesos de esta región en el nuevo orden de prioridades de la administración norteamericana. Era, pues, tanto un "cambio de agenda” en su política exterior, como el comienzo de una actitud beligerante en la política interior de los países de la zona. Esto último quedó patente con el envío de un contingente de marines al Líbano, en apoyo a su gobierno pro occidental (1958). La aplastante superioridad exhibida por los israelíes en la guerra de 1956 sería, más incluso que las presiones del lobby judío, el factor determinante de la futura alianza entre Estados Unidos e Israel, convertido, a los ojos de la principal potencia occidental, en el socio más eficaz y poderoso -y, por tanto, más idóneo- en la región.

El eje Tel Aviv-París sería, pues, sustituido progresivamente por un eje Tel Aviv-Washington, aunque hasta 1967 Francia seguiría siendo el principal proveedor de armas del ejército israelí y estudios recientes indican que sólo tras la llegada de Kennedy a la Casa Blanca la administración norteamericana se decantó definitivamente en favor de Israel. No debe olvidarse tampoco la existencia en el mundo islámico de un polo conservador y pro-americano, formado por Arabia Saudí y otras monarquías semifeudales, como la iraní, que desempeñaron un papel fundamental en la política de contención practicada por Estados Unidos en Oriente Medio.

Clase del 18 de agosto

La muerte de Stalin y el XX Congreso del PCUS

Como en los días de la Conferencia de Potsdam, aunque en sin plazo más dilatado, entre 1951 y 1953 el mundo asistió a una amplia renovación en la cúpula dirigente de las principales potencias. En 1951, la victoria de los conservadores en las elecciones británicas permitía a Winston Churchill ser nuevamente elegido primer ministro tras seis años de gobierno laborista. A finales de 1952, el triunfo del general Eisenhower en las presidenciales norteamericanas suponía la vuelta de los republicanos a la Casa Blanca tras dos décadas de administración demócrata. El último y el más importante de estos cambios se produjo en marzo de 1953 con la muerte de Stalin y el comienzo de un período de transición política en la URSS, cuyo principal episodio fue la celebración en febrero de 1956 del XX Congreso del PCUS y la presentación por el nuevo líder soviético, Nikita Kruschef, del llamado Informe secreto sobre los crímenes del estalinismo.

La muerte de Stalin a los setenta y tres años de edad ponía fin a casi tres décadas de poder absoluto, que alcanzó su máxima expresión, como vimos en la clase del 30 de marzo, tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Las últimas grandes purgas de la posguerra dirigidas especialmente contra los judíos, convertidos en la gran obsesión del viejo Stalin, fueron como la escenificación del estalinismo en su fase terminal. A la muerte del dictador, se instauró un gobierno colegiado o troika, formado por Georgy Malenkov, secretario general del partido y primer ministro, Lavrenti Beria, el temido jefe de la policía política estalinista, y Nikita Kruschef (1894-197l), nombrado secretario del Comité Central, bolchevique de la vieja guardia, pero escasamente conocido fuera de los círculos de poder soviéticos y que acabaría desplazando a unos y a otros para hacerse con el control absoluto del gobierno en 1958. Hasta llegar a esta última fecha, los acontecimientos se sucedieron con inusitada rapidez, en comparación con la lentitud del tiempo histórico en la era estalinista. Aunque Beria pretendió ganarse la confianza de sus compañeros de troika revelándoles los turbios propósitos que abrigaba Stalin poco antes de morir, la desconfianza que despertaban la figura y los métodos del jefe de la policía entre sus compañeros llevó a éstos a urdir un plan para liquidar a Beria, que fue secuestrado y asesinado en junio de 1953. Este hecho propició la incorporación a la troika de N. A. Bulganin, primero como ministro de Defensa y a partir de 1955 como primer ministro.

Al tiempo que se desarrollaba una feroz lucha por el poder entre los sucesores de Stalin, se iba produciendo un ajuste de cuentas con el pasado que tendría su momento culminante tres años después, en el XX Congreso del PCUS, punto de partida de la llamada desestalinización. El progresivo ascenso de Kruschef al poder no concluiría plenamente hasta su nombramiento como primer ministro en 1958, un año después de producirse una amplia remodelación del Comité Central del partido comunista que borró a una buena parte de la vieja guardia en beneficio de una nueva generación de dirigentes soviéticos, llamados a dirigir los destinos del país hasta la renovación generacional de los años ochenta. Desde 1958 hasta la destitución de Kruschef en 1964, se vivió una breve, pero intensa era en la historia de la URSS en la que la política interior soviética y, en gran medida, la política internacional estuvieron marcadas por la singular personalidad del sucesor de Stalin.

El XX Congreso del PCUS, celebrado entre el 14 y el 25 de febrero de 1956, marcó un antes y un después en la historia del comunismo mundial y supuso la consagración a los ojos del mundo de N. Kruschef como líder soviético y principal interlocutor de Occidente en la Guerra Fría. Precisamente, las relaciones Este/Oeste fueron uno de los temas estelares de las sesiones públicas del Congreso por el tono conciliador empleado por Kruschef, que anunció el propósito de la Unión Soviética de avanzar hacia una coexistencia pacífica entre los dos bloques, un principio novedoso que se venía manejando en la URSS desde la muerte de Stalin y que tardaría algún tiempo en ser tomado en serio por Occidente. No menos impacto causó el énfasis que el dirigente soviético puso en la existencia de "distintas vías hacia el socialismo", además de la que había seguido la Unión Soviética desde su fundación, lo que parecía augurar el comienzo de una liberalización política en los países del socialismo real. Pero con ser esto importante, la principal razón por la que XX Congreso ha pasado a la historia fue la presentación por Kruschef del célebre Informe secreto, conocido por el corresponsal del New York Times en Moscú unas semanas después, filtrado posteriormente a la CIA y dado a conocer por el Departamento de Estado norteamericano el 4 de junio, es decir, unos tres meses después de su lectura por Kruschef . Su contenido se haría famoso en todo el mundo. En él se denunciaban sin tapujos las grandes aberraciones del estalinismo, como el recurso sistemático al terror, el "poder ilimitado" (textual) de Stalin y el culto a la personalidad dispensado durante años al dictador y principal elemento de autolegitimación de un régimen hecho a su imagen y semejanza. Tanto el Informe secreto como la puesta en marcha de la desestalinización -un fenómeno que tuvo un fuerte carácter iconoclasta, de destrucción o retirada de las imágenes públicas de Stalin- imprimieron un nuevo rumbo al movimiento comunista internacional, forzado a romper con algunos de sus dogmas y mitos más arraigados.

En la política interior soviética la nueva etapa trajo consigo un tímido giro en las directrices económicas a favor de la producción de bienes de consumo, tal vez por la necesidad que las nuevas autoridades tenían de legitimarse ante la población con medidas populares. Eran tiempos en que la economía soviética avanzaba a velocidad de crucero (8,3% de crecimiento anual) y se podía permitir, por tanto, ciertas concesiones, que en última instancia revertían en una mejora del nivel de vida. Mientras tanto, en política exterior, el posestalinismo se tradujo en un sinfín de iniciativas y gestos en todos los frentes. Entre los más llamativos se encuentra el viaje de Kruschef y Bulganin a Yugoslavia en mayo de 1955, interpretado como el comienzo de una reconciliación entre la Unión Soviética y la Yugoslavia de Tito. Por esas mismas fechas, las autoridades comunistas decidían la disolución del Kominform, el organismo, heredero de la III Internacional, instaurado tras la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que abogaban por la creación en el mundo de una "vasta zona de paz" integrada por países socialistas y no socialistas. Todo ello se producía ante el desconcierto de los gobiernos occidentales, que ignoraban las verdaderas intenciones de los nuevos gobernantes soviéticos y la profundidad de los cambios que se estaban produciendo en la URSS. El desconcierto estaba alimentado asimismo por un panorama internacional que evolucionaba de forma contradictoria. Si el fin de la Guerra de Corea en 1953 reducía sensiblemente la tensión entre los dos bloques, el renovado intervencionismo soviético en Alemania del Este, Polonia y, sobre todo, Hungría, más el recalentamiento del conflicto de Oriente Medio y la situación del sudeste asiático hacían abrigar pocas esperanzas sobre una mejora significativa en las relaciones Este/Oeste.

La impopularidad de algunos regímenes comunistas de Europa oriental se puso de manifiesto con las revueltas populares que tuvieron por escenario Berlín (1953), Polonia (1956) y Hungría (1956), propiciadas por la sensación engañosa de que la muerte de Stalin haría inevitable un cambio de actitud de la URSS respecto a sus países satélites y otorgaría a estos últimos una mayor libertad de acción. De los tres episodios, todos ellos concluidos con el uso de la fuerza por las autoridades comunistas, el levantamiento popular en Berlín, iniciado por los obreros de la construcción y rápidamente extendido a otros sectores, resultaba sintomático de las dificultades del régimen comunista para vencer el magnetismo que el nivel de vida y las libertades políticas de la República Federal ejercían sobre la población germano-oriental. La intervención de dos divisiones acorazadas soviéticas bastó para aplastar la sublevación, pero no acabó con el problema, como se demostraría con la construcción, ocho años después, del célebre muro de Berlín. Polonia, por su parte, fue siempre un caso especial entre los países del socialismo real. Tanto el catolicismo de la mayor parte de la población como un nacionalismo antirruso de larga tradición hicieron de Polonia el país del Este más remiso a aceptar el comunismo, a pesar de que, a lo largo de los cuarenta años de democracia popular, las relaciones entre el Estado comunista y la Iglesia Católica fueron a menudo respetuosas con un statu quo que reportaba beneficios a ambas partes.

El XX Congreso del PCUS, con sus críticas al estalinismo y su apelación a las distintas vías hacia el socialismo, renovó las ilusiones de cambio creadas tras la muerte de Stalin. Algunos hechos posteriores parecían indicar que las autoridades del Este empezaban a tomar nota de los nuevos aires que llegaban de Moscú. Así, por ejemplo, en Polonia se producía la liberación de 30.000 presos, de ellos 4.500 por motivos políticos, y la reducción de condena a otros 70.000. Por esas mismas fechas (mayo de 1956), el primer ministro polaco anunciaba ante el Parlamento el comienzo de "un nuevo proceso histórico de democratización de nuestra vida política y económicas. De ahí la sorpresa que produjo la brutal represión de la revuelta de los obreros de Poznan en junio de 1956, al grito de "dadnos pan" y "fuera los rusos", saldada con 53 muertos, 300 heridos y 323 detenidos.

Como en el caso anterior, la rebelión húngara de octubre de 1956 sirvió para calibrar el verdadero alcance de los cambios políticos en la órbita soviética. La dirección del partido comunista húngaro, a pesar de estar formada por viejos estalinistas, quiso en un primer momento hacer suyas las demandas de cambio de amplios sectores sociales y aplicar a la política interior el espíritu aperturista del XX Congreso del PCUS. Hubo, efectivamente, algunas rehabilitaciones de víctimas del estalinismo, que, como vimos en el capítulo anterior, tuvo en Hungría un carácter particularmente virulento. La esperanza en una plena democratización del régimen dio una enorme amplitud a un movimiento popular que contaba con el apoyo de muchos estudiantes e intelectuales, e incluso con la simpatía de los comunistas menos dogmáticos, como Imre Nagy, nombrado presidente del gobierno en octubre de 1956 en medio de un clima de gran agitación política. El gobierno reformista de Nagy se encontraba, sin embargo, en un difícil término medio entre la voluntad de ruptura total con el régimen, que se expresaba en las manifestaciones callejeras, y la oposición que todo ello despertaba en el ala dura del partido, representada por Erno Gerö -un brigadista de la guerra civil española-, en el gobierno soviético y en otros regímenes comunistas.

El temor a una intervención soviética ante la crispación que se estaba apoderando del país llevó a Imre Nagy a solicitar la ayuda de las Naciones Unidas y de los países occidentales. No obstante, sea por la coincidencia entre la rebelión húngara y la crisis del canal de Suez, sea por el respeto norteamericano a las respectivas áreas de influencia trazadas en la posguerra, la reacción occidental no pasó de las declaraciones de solidaridad con el pueblo húngaro. El 3 de noviembre, Nagy, que unos días antes anunciaba por radio una "gran democratización de la vida pública” y había amenazado con sacar a Hungría del Pacto de Varsovia, tomaba una decisión de enorme trascendencia, que implicaba de hecho la supresión de la dictadura del partido comunista: la formación de un gobierno multipartito. Al día siguiente, los tanques soviéticos pusieron punto final a la revuelta húngara, que concluyó con varios miles de muertos en los desiguales enfrentamientos entre los manifestantes y los 5.500 tanques soviéticos que participaron en la represión. Unos 200.000 húngaros tuvieron que abandonar el país. Imra Nagy, consagrado definitivamente como símbolo de la rebelión, fue detenido y ejecutado. Su cuerpo fue incinerado y enterrado en una tumba anónima, para evitar que se convirtiera en lugar de peregrinación de sus partidarios. Tras la destitución de Nagy, el cargo de presidente del gobierno recayó en un comunista fiel a la línea moscovita, Janos Kadar, que permanecería en el poder hasta su muerte en 1989, en vísperas de la caída del régimen.

martes, 4 de agosto de 2009

Clase del 13 de agosto

La descolonización asiática

La expansión japonesa en Extremo Oriente había tenido efectos demoledores en las viejas estructuras coloniales de las potencias europeas en el continente asiático. Al desarrollo de un fuerte sentimiento nacionalista y antioccidental entre la población autóctono, estimulado por los japoneses, se añadieron las dificultades insalvables con las que se encontraban las antiguas metrópolis para hacer frente simultáneamente a su reconstrucción nacional y al restablecimiento de su soberanía en aquellas latitudes. La facilidad con que Japón había desplazado de la zona a las potencias europeas mostraba a las claras el declive histórico de estas últimas, que sólo gracias a la victoria norteamericana en la guerra pudieron recuperar, de forma precaria y efímera, sus antiguas posesiones coloniales. Por otra parte, los principios teóricos, proclamados por la Carta de San Francisco de 1945, sobre los que debía asentarse el nuevo orden mundial implicaban una deslegitimación sin paliativos del antiguo sistema colonial, condenado tanto por Estados Unidos como por la Unión Soviética por distintas razones ideológicas e históricas. A todo ello se sumaba el impacto que la Gran Depresión tuvo sobre la relación económica tradicional entre las viejas colonias y las metrópolis europeas, cuya posición de dominio se vio reforzada hasta extremos insostenibles por la caída de hasta un 70% de los precios de las materias primas con destino a los países occidentales y el mantenimiento del precio de los productos industriales que las colonias se veían obligadas a consumir. De ahí la llamada de Mahatma Gandhi a boicotear los productos manufacturados británicos, entre otras formas de resistencia y protesta que habrían de hacer de él uno de los símbolos de la lucha contra el colonialismo dentro y fuera de su país. Ahora bien, si, de un lado, la coyuntura económica de los años treinta hacía más desiguales e injustos que nunca los vínculos entre las colonias y sus metrópolis, la progresiva aparición de productos sintéticos, como el nailon o el plástico, sustitutivos de las materias primas tradicionales reducía la importancia estratégica que los imperios coloniales habían tenido para las economías industrializadas. Así pues, todo un conjunto de circunstancias heterogéneas, desde los grandes ideales de la posguerra que dieron origen a las Naciones Unidas, hasta la quiebra económica del antiguo orden colonial, pasando por la crisis de la vieja Europa, contribuyó a poner en marcha un proceso descolonizador que se desarrollaría intensamente primero en Asia y unos años después en África.

El primer país en advertir el carácter irreversible de los cambios operados durante la guerra fue Gran Bretaña, cuya dominación colonial sobre la India, considerada la joya de la Corona, se tambaleaba desde principios de siglo. En los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, el intento británico de suavizar su dominación en la zona mediante la introducción de un sistema limitado de autogobierno (The Government of India Act, 1935) se vio contrarrestado por el crecimiento imparable de la voluntad de independencia, como demuestra el salto espectacular que experimentó el número de afiliados al Congreso Nacional liderado por Mahatma Gandhi, que pasó de sesenta mil miembros en 1935 a un millón y medio al final de la década sólo en la región del Ganges (Hobsbawm, 1995, 217). Durante la Segunda Guerra Mundial, la popularidad alcanzada por Gandhi, consagrado como líder y mártir de la causa por la persecución de que fue objeto, y las dificultades de la administración colonial inglesa para hacer frente al movimiento independentista y al ejército japonés, que en 1942 llegó a amenazar seriamente las fronteras de la India, precipitaron el curso de los acontecimientos hacia la independencia, que las propias autoridades británicas asumieron como inevitable. La consumación de este hecho mediante la firma del Acta de Independencia en 1947 puso fin a un problema, pero, como en otros procesos descolonizadores, creó uno nuevo por la partición del antiguo territorio colonial en dos estados soberanos: la India, con predominio de población hindú, y Pakistán -que en 1971 sufrió, a su vez, la secesión de su parte oriental, convertida en el Estado de Bangladesh-, con mayoría musulmana. Los dos nuevos estados del subcontinente no sólo mantendrían un largo contencioso por algunas regiones fronterizas, que en ocasiones llegó a la guerra abierta, sino que se colocaron frente a frente en el escenario de la Guerra Fría, en el que India se alineó generalmente con la URSS y Pakistán actuó a remolque de los intereses occidentales. La política interior se vio igualmente perturbada por un sinfín de conflictos. El asesinato de Mahatma Gandhi en enero de 1948 fue como la segunda muerte del padre de la independencia india, tras el amargo trance que supuso para él la partición territorial del año anterior. El crimen, perpetrado por un hindú extremista opuesto a la división del país, puede verse como un anticipo de las tremendas disensiones internas, sobre todo de carácter étnico y religioso, que han ensombrecido la historia de la India independiente. Testimonio de ello sería también el asesinato de Indira Gandhi, hija del primer ministro P. Nehru, y ella misma jefe del gobierno indio durante dos largas etapas (1966-1977 y 1979-1984) hasta su muerte en 1984 a manos de un miembro del movimiento separatista sikh. El mismo destino correría su hijo, Rajiv Gandhi, en 1991.

Los casos de Indonesia e Indochina presentan algunas similitudes entre sí. Por una parte, demuestran los efectos irreversibles que la dominación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial tuvo en las antiguas colonias asiáticas y, por otra, la impotencia de las metrópolis europeas, Holanda y Francia en los casos citados, para restablecer su dominio sobre ellas tras la conclusión de la guerra. La posterior implicación norteamericana interfiriendo en los destinos de estas regiones se insertaría ya en la dinámica de la Guerra Fría y en la feroz lucha de posiciones que los dos bloques mantendrán en el continente asiático. La fuerte implantación del comunismo sería otro elemento común a los casos de Indonesia e Indochina, que se diferencian, sin embargo, en el distinto ritmo de sus procesos descolonizadores -mucho más rápido en Indonesia, que consiguió la independencia en 1949- y en las especiales proporciones, sin parangón en todo el continente, que adquirió el conflicto de Indochina, un territorio que vivió en estado de guerra real o latente hasta la invasión de Camboya por el ejército vietnamita en 1979, cuatro años después de la unificación de Vietnam en 1975. La estrepitosa derrota del ejército francés en Dien Bien Phu en 1954 frente a la guerrilla del Viet-Minh, colofón de ocho años de guerra colonial, dio paso a una apresurada negociación sobre el futuro de Indochina, que quedó perfilado en los acuerdos suscritos en Ginebra en julio de ese mismo año: creación de tres estados independientes, Laos, Camboya y Vietnam, y partición provisional de este último a la altura del paralelo 17, a la espera de la celebración de elecciones libres en ambas zonas. Los obstáculos que encontró el proceso de unificación del país previsto en los acuerdos de Ginebra actuaron como desencadenante de la futura Guerra de Vietnam.

El recurso a la división de territorios naturales, empleado, como hemos visto, en procesos de descolonización especialmente delicados, tuvo también consecuencias dramáticas en Oriente Próximo, una región que, como los Balcanes, sufría las secuelas del vacío de poder creado por el hundimiento, a principios de siglo, del Imperio otomano. El holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial dio un empuje decisivo a la vieja aspiración sionista de crear un Estado propio en Palestina, según los principios establecidos por el padre del sionismo, Theodor Herzl, a finales del siglo xix (El Estado judío, 1896). Tanto la predisposición favorable de la comunidad internacional, horrorizada por la reciente tragedia del pueblo judío, como el fuerte incremento de la emigración a Palestina y la política de hechos consumados practicada por las organizaciones sionistas, que no dudaron tampoco en recurrir al terrorismo para imponer sus designios, decidieron a las grandes potencias a buscar una solución razonable a un doble problema moral, por la creencia de que el pueblo judío merecía una reparación histórica por sus recientes sufrimientos, y político, por la situación explosiva que se había apoderado de la región, situada provisionalmente bajo administración británica. La resistencia de la población árabe y de los Estados vecinos a aceptar la deriva hacia un Estado judío hacía prever un fuerte rechazo a cualquier decisión de la comunidad internacional. Iras muchas vacilaciones, el desenlace se produjo el 29 de noviembre de 1947, cuando la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la resolución por la que se creaban en Palestina dos Estados, uno judío, de 14.100 km2 y otro árabe, de 11.500 km2. La población judía representaba en este momento el 32% sobre el total de la zona y poseía tan sólo el 15% de la tierra cultivable. De todas formas, el aumento de la tensión, que incluyó ataques indiscriminados de las milicias judías contra los palestinos, hizo que, a lo largo de los meses siguientes, muchos árabes abandonaran el territorio controlado por los judíos, protagonizando el primero de los numerosos desplazamientos de población motivados por el enfrentamiento entre las dos comunidades.

El 14 de mayo de 1948, víspera de la finalización del mandato británico en Palestina, se produjo la proclamación del Estado de Israel, que fue inmediatamente rechazado por los países árabes vecinos, Transjordania, Líbano, Siria y Egipto, y reconocido, casi con la misma prontitud, por Estados Unidos y la Unión Soviética. Dio comienzo así la que se conocería como Primera Guerra árabe-israelí, en la que un improvisado ejército hebreo, que carecía de aviación y de material pesado, se enfrentó a las tropas árabes lanzadas contra él desde todos los frentes. Al cabo de diez días de lucha encarnizada, el 25 de mayo se produjo una primera estabilización de las líneas. Este hecho significaba ya una importante victoria del nuevo Estado judío, cuya capacidad de supervivencia había quedado demostrada en condiciones extremadamente difíciles. En julio, el ejército israelí pasaba al contraataque. Su avance fue detenido a duras penas por la mediación de Naciones Unidas, si bien una segunda ofensiva lanzada en el mes de octubre ponía ya claramente en ventaja a los judíos. Con los sucesivos armisticios firmados a principios de 1949 entre estos últimos y los Estados árabes, la guerra fue perdiendo intensidad, aunque hasta finales de 1949 no se alcanzó un alto el fuego definitivo. Para entonces, Israel había conseguido ampliar espectacularmente -de 14.100 a 20.700 km2- la superficie que le había otorgado Naciones Unidas en su resolución de 1947. La victoria judía no hizo más que agravar, sin embargo, el problema de los refugiados palestinos, caldo de cultivo de futuros conflictos armados. Mientras tanto, Israel se consolidaba como Estado soberano, dentro y fuera de sus fronteras -fue admitido en la ONU en 1949-, y ponía en marcha un modelo político, económico y social relativamente original, en el que se entremezclaban los rasgos más retrógrados y teocráticos del judaísmo religioso con una democracia parlamentaria de corte occidental y una suerte de socialismo de guerra incorporado con notable éxito a la vida económica y a la organización social del país. El fracaso de los Estados árabes en la guerra de 1948 provocó a su vez un clima de grave inestabilidad política en estos países. La posterior implicación de las dos superpotencias, tomando partido por uno u otro bando, acabaría de dar al conflicto de Oriente Medio el carácter crónico y la dimensión planetario que ha tenido desde entonces, incluso después del final de la Guerra Fría.

Clase del 11 de agosto

La URSS, las democracias populares y la China comunista

Los últimos ocho años de la vida de Stalin, hasta su muerte en 1953, señalaron el apogeo de su prestigio personal dentro y fuera de la Unión Soviética, al capitalizar en su figura el sufrimiento del pueblo ruso durante la guerra y el protagonismo del Ejército rojo en la victoria sobre el III Reich. En el interior de la URSS, el reforzamiento del liderazgo de Stalin facilitó la reconstrucción acelerada del país a partir de nuevos sacrificios impuestos a la población. El objetivo prioritario era relanzar la industria pesada, pues la Guerra Fría exigía una rápida modernización de las Fuerzas Armadas y hacía si cabe más acuciante la superación del atraso económico de la URSS respecto a los países industrializados del mundo occidental. En todo caso, con el IV Plan y, sobre todo, con el V Plan quinquenal, la economía soviética dio un salto de proporciones históricas. Los 70 millones de toneladas de petróleo de 1954 doblaban la cifra de 1946. La misma evolución se aprecia en la producción de acero y electricidad. Sólo la agricultura tenía grandes dificultades para recuperar su nivel de producción de la preguerra. Por otra parte, el éxito de la primera prueba nuclear soviética en 1949 pondría de manifiesto el rápido desarrollo alcanzado por la investigación científica aplicada a la industria de guerra, pues aunque en el programa nuclear soviético trabajaron inicialmente doscientos cincuenta científicos alemanes, el plan de formación de técnicos y especialistas soviéticos permitió a la URSS disponer de un capital humano inagotable, cuya cualificación se pondría a prueba con éxito en los grandes desafíos tecnológicos de la Guerra Fría. El talón de Aquiles de la economía soviética seguirá siendo la agricultura, y así lo fue, seguramente, hasta la desaparición de la URSS.

Entre las consecuencias que el fin de la guerra tuvo en la política interior rusa hay que destacar los movimientos de población derivados de los cambios fronterizos de la posguerra y de la absorción por la URSS de nuevos y viejos territorios, como los antiguos Estados bálticos. Sólo de estos últimos fueron deportadas a la Rusia asiática más de medio millón de personas, contingente al que hay que sumar varios cientos de miles de habitantes de otras repúblicas, como Ucrania y Georgia, cuya población era sospechosa de complicidad con los nazis. Además de esta represión masiva e indiscriminado, hubo una persecución más selectiva, al viejo estilo de las purgas de los años treinta, dirigida contra intelectuales, ingenieros, médicos -proceso de las "batas blancas" de 1952y cuadros del partido. Los judíos tuvieron también una parte muy destacada entre las víctimas de las últimas purgas estalinistas. Las cifras de deportados de todo tipo en Siberia, en la red de campos de concentración conocida como Archipiélago Gulag, oscilarían, según las fuentes, entre cuatro millones y doce millones de personas en vísperas de la muerte de Stalin.

La evolución de los países del centro y Este de Europa sometidos a la ocupación soviética dependió en parte de circunstancias internas, como la tradición política anterior a la guerra, el arraigo del comunismo y el protagonismo partisano en la liberación, principalmente en Yugoslavia. Sólo en Checoslovaquia y Bulgaria el Partido Comunista tenía un respaldo social significativo, en este último caso debido en parte al enorme prestigio del antiguo dirigente de la III Internacional, Georgi Dimitrov, al que los nazis habían acusado del incendio del Reichstag alemán en 1933. Dimitrov fue nombrado presidente del gobierno provisional en 1944 y, una vez abolida la Monarquía e instaurado el comunismo, se convertiría en el hombre fuerte del régimen hasta su muerte en 1949. En cambio, en Rumania, el salto que experimentó la afiliación al Partido Comunista -de un millar de militantes en vísperas de la guerra a 710.000 en 1947- muestra a las claras el carácter forzado y hasta cierto punto artificial que tuvo la implantación del comunismo. Un factor, asimismo, de notable importancia, que no se dio en ningún país de Europa occidental, fue la reubicación de las respectivas poblaciones con arreglo a las nuevas fronteras establecidas en Yalta o impuestas defecto por los rusos. Hubo que depurar, además, las responsabilidades de las antiguas elites gobernantes, cómplices del III Reich durante la guerra. En el caso de Bulgaria, la responsabilidad afectaba a la cúpula del Estado y hacía casi inevitable la caída de la Monarquía, consumada en 1946. Los intereses geoestratégicos de la URSS, parecidos en este punto a los del antiguo Imperio zarista, por ejemplo, en relación con Polonia y los Balcanes o en su papel tutelar sobre los pueblos eslavos, iban a interferir también dramáticamente en el futuro de aquellos países que quedaron en su órbita de influencia.

Dentro de esa relativa diversidad, hubo una tendencia general en la inmediata posguerra a la formación de gobiernos de amplia base, con participación comunista y de diversas fuerzas burguesas y antifascistas. Esa fase unitaria y pluralista, legitimada en algunos países por elecciones relativamente libres, terminó entre 1947 y 1948, cuando, con el respaldo de la URSS y a menudo incitados por ella, los comunistas decidieron desplazar del poder a las otras fuerzas políticas e instaurar regímenes de democracia popular, es decir, de partido único, en ocasiones camuflados en una falsa pluralidad de grupos políticos afines. Paradigma de esa transición violenta de un régimen representativo a una dictadura comunista fue el golpe de Estado que tuvo lugar en Checoslovaquia en febrero de 1948. El golpe de Praga, de gran impacto internacional, llevó al poder al comunista Clement Gottwald y forzó la dimisión del histórico presidente E. Benes, al que, en su anterior mandato presidencial, le había tocado ya asistir al desmembramiento de Checoslovaquia en 1938. La consolidación del régimen estalinista en los años siguientes trajo consigo, como en otros países de la órbita soviética, no sólo la eliminación de las fuerzas opositoras, sino también una profunda depuración del propio Partido Comunista. El hecho de que las frecuentes ejecuciones en Checoslovaquia coincidieran con la condena a muerte del matrimonio Rosenberg en Estados Unidos ha sido subrayado como muestra de la desigual intensidad que la represión característica de esta fase de la Guerra Fría alcanzó a uno y otro lado del telón de acero, así como de la doble moral de un sector de la izquierda occidental, activamente movilizado en defensa de los Rosenberg e indiferente a la suerte de los disidentes comunistas ejecutados en Checoslovaquia. El balance final de las purgas desatadas en la Europa del Este entre 1948 y 1952 se cifra en una depuración del 25% de los militantes de los partidos comunistas, detenidos, procesados o simplemente expulsados del partido, aunque en Hungría y Checoslovaquia las purgas pudieron afectar al 40% de sus efectivos.

La política económica de los países del Este siguió patrones parecidos. A partir de 1945, se llevó a cabo en todos ellos una profunda reforma agraria, que supuso la transferencia al pequeño campesinado de 12 millones de hectáreas expropiadas a sus antiguos propietarios, ya fuera la Iglesia, la aristocracia terrateniente o la gran burguesía agraria. La popularidad obtenida de esta forma por los gobiernos provisionales instaurados tras la liberación entre un campesinado ávido de tierras se fue esfumando con la posterior colectivización impuesta por las democracias populares. Las otras fuentes de riqueza fueron rápidamente nacionalizadas y sometidas a una gestión centralizada por parte del Estado. En 1948, el sector industrial se encontraba ya estatalizado en su totalidad, salvo en Alemania Oriental. Esta política de choque tuvo efectos muy positivos en la reconstrucción de los países de esta parte de Europa, cuyas economías quedaron insertas en un amplio entramado de acuerdos comerciales con la URSS, antes incluso de que llegara a constituirse el COMECON. En general, el despegue económico en los países comunistas fue algo más lento que en Europa occidental, pero registró una fuerte aceleración a partir de 1950, con tasas de crecimiento anual que oscilaron entre el 4,1 % de Hungría y el 7,1 % de la República Democrática Alemana. Cerca de esta última se situaban Bulgaria (6,4%), Checoslovaquia (5,7%), Polonia (6,2%), Rumania (6,3%) y Yugoslavia (6,4%). Si incluimos la economía soviética en el conjunto de la Europa del Este, la tasa media de crecimiento de los países comunistas entre 1950 y 1960 fue del 7,6%. El desarrollo industrial, verdadera obsesión histórica del comunismo soviético, registró también magnitudes muy estimables, que permitieron acortar significativamente el atraso de algunos de estos países respecto a los de Europa occidental. No cabe duda: desde el punto de vista económico, los años cincuenta fueron la edad dorada del socialismo real, si bien, a diferencia de lo ocurrido al otro lado del telón de acero, los frutos del desarrollo económico llegaron muy atentados a la población, cuyos niveles de renta seguían claramente por debajo de los parámetros occidentales. Todavía a mediados de los sesenta, el consumo per cápit en Alemania Oriental y Checoslovaquia -los dos países más desarrollados de la zona- equivalía al 60% del de la RFA.

Caso aparte, que rompe con la monotonía del paisaje político de los países comunistas, fue la nueva Yugoslavia surgida de la victoria sobre el nazismo bajo el liderazgo indiscutible del mariscal Josip Tito. Con la proclamación de la República en noviembre de 1945, se inició la construcción de un Estado federal que englobaría seis repúblicas dotadas de Parlamento, Consejo ejecutivo y Tribunal supremo y que, durante algún tiempo, resolvería con notable éxito el difícil encaje de los distintos pueblos de la región. Sendas leyes de 1950 y 1953, la primera sobre la libre elección de los consejos obreros en las empresas y la segunda sustituyendo la colectivización forzosa de la tierra por cooperativas de campesinos, acabarían de perfilar las características singulares del régimen comunista presidido por Tito, basado en la descentralización política y en la autogestión económica. Para entonces, sus discrepancias con Stalin habían llevado ya al régimen soviético y a la nueva Internacional, el Kominform, a condenar el titoísmo como una desviación inadmisible de los principios del marxismo-leninismo (1948). Amparado en la distancia que le separaba de la URSS y en la ausencia de tropas soviéticas en su territorio, Tito pudo desarrollar desde entonces su propia vía al socialismo, además de practicar una política exterior relativamente autónoma, que haría de él uno de los principales líderes de los países no alineados. La ruptura con Moscú le valdría, asimismo, una generosa ayuda económica y militar por parte de Estados Unidos, que intentó favorecer la estabilidad de un régimen socialista cuya independencia de la URSS tenía un alto valor estratégico para el bloque occidental en una zona tradicionalmente caliente como los Balcanes.

Esta primera etapa de la Guerra Fría y de la construcción del socialismo real estaría incompleta sin una referencia al triunfo comunista en la guerra civil que vivía China desde 1946. En realidad, el conflicto se remontaba a la década anterior, si bien la invasión japonesa en 1937 y el estallido de la Segunda Guerra Mundial impusieron durante unos años un forzado paréntesis en el largo enfrentamiento entre el ejército nacionalista del Kuomintang que dirigía el general Chiang Kai-shek y el ejército comunista liderado por Mao Tse-tung. La victoria final de este último y el nacimiento de la República Popular en 1949 representaban la incorporación al bloque comunista de un país con quinientos millones de habitantes, en su mayor parte campesinos, y la instauración en Asia de un régimen comunista que habría de tener una fuerte influencia en el resto del continente, en pleno proceso descolonizador. En Occidente, el cambio producido en China se percibió como una nueva advertencia sobre el incontenible avance del comunismo en el mundo.

El desarrollo del nuevo régimen se realizó en los primeros años con el apoyo incondicional de la Unión Soviética, plasmado, por ejemplo, en los acuerdos bilatelares de 1953 y 1955 -ayuda económica y envío de unos diez mil técnicos y asesores soviéticos-, pero siguiendo un modelo relativamente original definido por Mao Tse-tung en el llamado Programa común de 1949. En estos primeros años de construcción del socialismo, la desoladora realidad del país y el pragmatismo de sus nuevos dirigentes llevaron a una colaboración entre el régimen y un sector de las elites intelectuales, administrativas e incluso económicas anteriores al triunfo de la revolución, a las que el partido comunista, de tradición campesina y guerrillera, tuvo que acudir para la puesta en marcha de un proceso de modernización económica. La reforma agraria iniciada en 1950 adoptó igualmente unas bases moderadas, que conjugaban el mantenimiento circunstancial de la propiedad privada con la expropiación sin indemnización de las grandes propiedades y el reparto de tierras entre el pequeño campesino, que vio así satisfecha su vieja aspiración a la propiedad de la tierra. El lento despegue de la producción agrícola, lastrada por la baja productividad derivada del minifundismo, el fuerte incremento demográfico, que llevó ya a la adopción de medidas restrictivas de la natalidad, el coste de la guerra de Corea y la inflación galopante fueron algunas de las dificultades que tuvo que afrontar el régimen comunista en estos primeros años.

Si en el ámbito social y económico se puede hablar de una aplicación gradual del socialismo, la práctica política del nuevo Estado se asemejaba mucho a la del estalinismo y sus democracias populares. La sovietización del régimen a todos los niveles se consumará a partir de 1955, con las colectivizaciones de tierras y la adopción del primer plan quinquenal chino, cuyos ambiciosos objetivos -doblar en esos cinco años la producción industrial del país- se cumplieron con brillantez en algunos sectores clave, como el acero, la electricidad y el carbón, pero a costa de grandes desequilibraos internos y de enormes sacrificios entre la población, diezmada por las catástrofes naturales, como inundaciones y sequías, y por los errores y abusos cometidos por los responsables de la planificación. En concreto, se cifran en veinte millones de muertos las víctimas directa o indirectamente causadas por el fracaso del llamado Gran Salto Adelante de 1958, un programa económico, condimentado, como siempre, con una fuerte dosis de voluntarismo, que pretendía armonizar la industrialización acelerada del Plan quinquenal y el desarrollo agrícola a través de las comunas. El calamitoso final del Gran Salto Adelante y la ruptura con la Unión Soviética en 1961 introducirían elementos inesperados en la posterior evolución del comunismo chino.